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Amor, cine y literatura

Veo hace dos meses Amor la última y oscarizada película de Michael Haneke. Comento con dos amigos amantes del buen cine, chica y chico para más señas, las sensaciones que les provoca la película. En ambos casos se declaran emocionados al borde de la lágrima por esta historia de amor crepuscular que nos cuenta el ocaso de un amor entre dos ancianos, uno de ellos postrado en la cama. Disiento de ellos no sin disgusto-es maravillosa la sensación de que una historia te cree un nudo en el estómago-pero no consigo emocionarme casi en ningún momento del metraje. Elevo así a mi altar de fobias inconfesables la para muchos adorable película.

amor haneke

Me hace pensar Amor en la paradoja de que gran parte de las manifestaciones artísticas ya sea en el cine o en la literatura giran en torno al sentimiento más completo, profundo y universal y a mi parecer, en la mayoría de los casos, lo hacen de un modo tangencial, como funambulistas con red, sin el vértigo necesario para la apuesta del todo o nada.

En Amor por ejemplo, siento que Haneke niega a sus personajes aquellos gestos que nos hacen el amor reconocible-miradas, caricias, besos-contacto en último término. Tal vez por la edad de los protagonistas me falta en la cinta la emoción de los momentos positivos y mágicos de amar a alguien, aquellos por los que todos en algún instante somos capaces de perder los papeles o resultar ridículos. En Amor vemos más apoyo, ayuda o tristeza, que amor y por ello creo la emoción no me llega, o sólo lo hace a pinceladas. Pienso en otro increíble fin de amor crepuscular como es el Hijo de la Novia-filia reconocida- y si recuerdo la ternura del gesto de Alterio y Norma Aleandro al mirarse entre la nada de los recuerdos borrados de ella, sí me llega el enganche positivo de la razón de ser de esa boda por la iglesia que el abuelo regala a su amada por el egoísmo pretérito. Y me conmueve lo que en la áspera, recia y descarnada Amor me tengo que esforzar en sentir. Pienso en la diferencia de haber nacido gaucho o austriaco pero prefiero desprejuiciarme.

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Insisto con mi decepción, en la enorme dificultad que tiene la obra artística en mostrar el amor con mayúsculas con todos sus recovecos, fases y matices. Si pienso a bote pronto en ejemplos alabados y que me reafirman en mi idea me acuerdo de algunas cintas recientes que han puesto el acento en hacer del amor o el enamoramiento un elemento discursivo que a mí me parece tan lejano a lo que realmente representa en realidad. Esto ocurre por ejemplo en la celebrada Antes del Amanecer de Linklater, con esos personajes más dispuestos a mi entender a resultar genuinos que a dejarse llevar por los sentimientos y que termina resultándome un ejercicio de intragable pedantería, o en la también muy cacareada Closer donde me resulta fallido ese modo adusto y desagradable en ocasiones para acercarse a la naturaleza del amor y el desamor, con circunloquios que me estomagan y nada me dicen. No quiere decir esto que el reflejo artístico del amor me parezca debe acercarse más al melodrama de sobremesa o a las edulcoradas comedias de guión archivisto con final que todos conocemos, me refiero más a las pocas ocasiones en las que existe la valentía de acentuar la parte bonita del sentimiento por miedo a la edulcoración o al pastel, por la ausencia de riesgo de andar en ese fino alambre que separa lo sublime y genial de lo ridículo.

Desde un acercamiento parcial si existen a mi entender películas que son capaces de emocionar pero necesitando siempre de un elemento complementario que no nos entregue la historia despojada y única. En la genial y poética Los Amantes del Círculo Polar de Julio Medem el amor resulta tal vez menos transcendente que el azar que acaba resultándonos el principal leitmotiv de la película. Lo mismo ocurre en cualquiera de la versiones de ese gran clásico del amor con circunstancias que es Grandes esperanzas donde la casualidad es el hilo conductor de una historia que no se atreve sólo a hablar de amor o en la desasosegante Expiación, cuyo elemento de culpa y perdón sobrevuela la que es una pasional y magnífica historia de amor interrumpida.

los amantes del circulo polar

El amor imperfecto o superficial es también objeto de destacadas obras pero a mi entender no plenas respecto al tema. Soterrado y lleno de matices en las muy sensibles Los Juncos Salvajes o Un lugar en el mundo, donde las historias son flashes de momentos que se expresan en miradas o en polvos iniciáticos que anticipan o esconden más de lo que muestran. Sublimado en la sensacional Lost in Translation, con el freno de mano echado para resultar moderna, para moverse en ese mismo tiempo perdido e infinito de la superorbe. Lígero y positivo en la imprescindible y siempre Navideña Love Actually, ese título que debería ser obligatorio para subir la moral de los más deprimidos. Grandiosas hablando de más cosas pero tibias con el gran sentimiento.

De todo el universo cinematográfico reciente- he de reconocer de nuevo mi enorme dificultad de emocionarme con los clásicos en blanco y negro- hay dos películas que me llenan por encima de todas las demás a la hora de hablar con mayúsculas de amor. Dos historias a tumba abierta que me parecen desacomplejadas y valientes a la hora de expresar genuinamente las cuatro grandes letras, sin frenos ni corsés, sin complejos ni gestos para la galería, capaces de ponerme la piel de gallina sin matices, jodidamente avasalladoras.

La primera es la marciana, poética y metarromántica historia de niños vampiros que es Déjame entrar, ese sensacional cuento de seres en el filo del mundo, capaces de la mayor de las entregas por permanecer juntos. Abismal, turbadora y kamikaze.

dejame entrar

La segunda es la clásica, contenida y a la vez insoportablemente romántica Los puentes de Madison. La peli de la Streep y Eastwood me parece la mejor historia de amor dialogada del cine, la más ajustada en lo que dice y lo que no dice para expresar genuinamente la naturaleza del amor. La más valiente a la hora de acercarse a esa fina frontera entre lo auténtico y profundo y lo edulcorado. La mejor para salir victoriosa de esa prueba titánica.

Leía este verano dos libros que me planteaban de nuevo la misma dicotomía en la literatura. El primero se llama Donde el corazón te lleve de Susana Tamaro y fue un enorme éxito en los primeros noventa. Me encanta su primera parte donde una abuela, a modo de epístola, expresa magníficamente el sentimiento de amor hacia una nieta que por circunstancias de la vida ha debido cuidar desde que ésta es niña. Me resulta una de las más bonitas explicaciones de lo que el sentimiento de amor significa-esta vez no desde un punto de vista romántico-pero si cargado de una hondura de matices, recovecos y sensibilidades que pocas veces he hallado en la ficción escrita.

donde el corazon te lleva

Contrastaba mi pensamiento con el plomizo y pedante ejercicio intelectual que me parece Los enamoramientos, el celebrado libro de Javier Marías, que de tanto incidir casi a modo de ensayo en los racionales de ese proceso primero del amor, resulta académico, frío y desapasionado. Finalmente aburrido y pesado. Y sentía de nuevo la dificultad de haberme emocionado con alguna historia de amor con mayúsculas entre las páginas de una novela.

Siempre me resultó mucho más divertido Cien Años de Soledad que la admirada El amor en los tiempos del cólera, que a mí me parece cansina y larguísima; he leído magníficas historias tangentes al amor como el obsesivo El túnel de Sábato o la primera parte de esa magnífica Rayuela que es más un canto de admiración que de amor real. Incluso uno de mis autores favoritos Raymond Carver en su libro de relatos De que hablamos cuando hablamos de amor, tiene enormes dificultades para contar sobre lo que realmente desea hacerlo.

Ninguno de mis libros favoritos habla de amor. Ni uno sólo.

Imagino que de aquí saldrán mil opiniones que en ningún caso coincidirán con la mía o que en algunos provocarán la sorpresa. Seguro que en esa lógica se encuentre la explicación de que al menos a mi me parezca tan difícil encontrar una manifestación artística redonda que hable de lo que más nos importa, porque quizá sobre esto, el valor de la palabra tenga el peso de una pluma frente a los congojos amontonados en la tripa. O quizá yo no haya visto o leído lo suficiente.

Binoche y lo marciano

Encuentro por casualidad, en la Noche Temática de la 2, un marciano reportaje sobre Juliette Binoche. Adoro a esta actriz francesa desde que me hiciera descubrir ese otro tipo de cine con Azul. No podré olvidar jamás la imborrable sensación de ese ritmo sosegado en el rodar y esa inigualable banda sonora adornando la metafísica del genio polaco Kieslowsky. Ese dolor intenso y esa mirada perdida dentro de una piscina infinita. Como una bofetada en el corazón, un latigazo de verdad.

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El programa gira en torno a la naturaleza creativa y ligado íntimamente a él sobre la personalidad de la antidiva francesa. Con un plano fijo a su cara lavada, ojerosa y sin artificio alguno, Binoche se desnuda metafísicamente explicando su modo de abordar la interpretación, repasando los complejos y a la vez sencillos procesos vividos con cada uno de los directores de su carrera. Lo hace desde retratos a carboncillo de cada uno de ellos, que tratan a modo de cincel  de dibujar la personalidad de los mismos, de conformar como plastilina maleable la suya propia. Es emocionante y pasmoso descubrir en un programa de televisión esta intención tan genuina e intensa de hablar de algo que a la mayoría de la gente no deja de parecerle pedante, forzado o simplemente intragable.

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A mí me coge del estómago y me deja ante la pantalla la hora completa. Prefiero no pensar por qué, pero vuelvo a moverme entre la envidia y el pasmo. La protagonista de El Paciente Inglés intercala a la vez números de baile que intentan completar la cascada de sentimientos que explica tras cada uno de los dibujos. Imagino una audiencia infinita y un buen vaso de whisky para sobrellevarlo y sin embargo no puedo dejar de escuchar. Tiene el reportaje, como ya alguna vez dije, ese admirable elemento francés de hablar de manifestaciones culturales o intelectuales sin complejo, sin caer en la astracanada o en la ironía para intentar restarle fuerza o alejarlo del compromiso de quien lo ve. Habla de lo que habla y lo hace a tumba abierta. Para raros.

Veo sus ojos curiosos, alocados, tristes cuando habla del temperamento discursivo de Techiné, el maravilloso director de esa otra joya del mismo tiempo que es Los Juncos Salvajes, la emoción al borde del llanto al tratar de explicar la intención de despojarse, de anularse para el personaje de Los Amantes du Pont Neuf de Carax. Como una caída libre hacia la mera experimentación, hacía los límites de ella misma. Y me vuelve a conmover, a reducir las tripas.

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Pienso en la naturaleza de lo raro, de lo marginal. En la incomprensión de lo diferente y en el supremo valor de que exista en una cultura de pilares racionales y objetivados. En la maravillosa necesidad del arte y de los artistas. En la absoluta obligación de su defensa cuando son ciertos, cuando esa frontera entre la locura y la creación es tan fina que en momentos excelsos nos regala  preguntas para la vida. Preguntas de verdad.

Por el reportaje pasan en blanco y negro bocetos de Haneke, Kiarostami, Godard, Guitai,Minguella. Historias de hombres excepcionales de morfologías complejas, esculpidores del alma de  esta mujer con manos de panadera y mirada kilométrica que es capaz de explicar todo con palabras, dibujos y un mero gesto. De esta alocada y valiente intérprete, perfecta para regalarnos verdad sin red ni artificios. Tan marciana como necesaria hoy en día.

PD: Me molesta, pero no tengo ni puñetera idea, de donde ni como, podré recuperar el reportaje para guardarlo siempre.

 

De vuelta al otoño capitalino, tres nuevas recomendaciones gastronómicas de locales no obligadamente recientes, pero que dejan claro que comer en Madrid sigue siendo un magnifico placer si uno no equivoca su elección entre moderneces a medio cocer y “musts” del petardeo . Si uno no sucumbe a la llamada a la oración del snobismo paleto, y sortea la concentración de  aspirantes a nuevos ricos en crisis. Si se olvida de García de Vinuesa, los Gvines, las  lechugas de diseño y los sushis de tortilla, que tiene cojones…

En Conde Peñalver 86, Paco Quirós ha abierto hace poco más de un año uno de las barras más creativas de la capital, Cañadío.

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Excelentes pinchos con el punto exacto de sofisticación, un tratamiento perfecto del producto y unos sabores reconocibles y nítidos. Su local, concebido como una zona  de entrada para tapear y un restaurante donde comer de modo más tranquilo y formal, ha ido creciendo en público por el efecto boca a boca , hasta terminar el verano como una de las terrazas más agradables y solicitadas de la ciudad. Llegado el otoño, es mejor aparecer alrededor de las nueve para hacer presa a alguno de los contados taburetes y disfrutar como en si en palco del Bernabéu se tratara, del festival de cocina en miniatura que se cuece aquí.

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Magnífica y poco hecha su tortilla de patatas y pimientos, espárragos envueltos en tempura con crema, suaves y crujientes; pinchos de pulpo en su cocción perfecta y así innumerables creaciones en un local muy animado donde tomar igualmente una buena copa. Los precios son ajustados y los camareros encantadores.  Como asignatura pendiente, visitar su bonito comedor con cocina a la vista, como marcan los nuevos cánones.

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Mucho tiempo llevábamos queriendo visitar Sacha. Pues bien, el precioso bistrot de Sacha Hormaechea, nos dejó sin elogios. Una sosegada parada en el tiempo en este comedor afrancesado, a camino entre un coqueto local francés y un salón de casa repleto de recuerdos. Ambiente más que cálido y un local que se define en su entrada como Botillería y Fogón (moderneces fuera). Por su ubicación,  en un recodo de la calle Juan Hurtado de Mendoza 11, Sacha parece escondido como no queriendo hacer demasiado ruido, no dejarse descubrir cobijado por el jardín que protege su preciosa entrada. Camareros con edad y chaleco de los que no dan ni amor ni desconfianza, pura profesionalidad de vieja escuela. Candelabros y paredes en azul, vajillas clásicas, cuadros de gastados marcos en ocre. Una más que tradicional barra de licores al fondo, dibujada entre una luz tenue buscadamente romántica.

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La comida es un homenaje a la delicadeza y al sabor. Sin más aditivos. Excepcionalmente ligera su falsa lasaña de changurro, de pasta finísima que parece confitada en oro por un magnífico aceite, con la justa guindilla y un suave y sabroso marisco. Imbatible la tiernísima y hecha en su punto, ventresca de atún, repleta de aroma y matices. Posiblemente, como el steak tartar, la mejor que he comido en Madrid. De este último, suavidad, gustosidad, frescura, de un aderezo ligado y redondo, excelso para acompañar por unas patatas fritas con ese  aceite milagroso.

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A los postres, sublime tarta de manzana con crema inglesa. Clásica, amarga y juguetona en el paladar. Tarta de abuela sabia para este local de otros códigos y otro tiempo. Absolutamente imprescindible para conquistar o ser conquistado.

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Finalmente, una confirmación. Un paso o tres adelante del mejor restaurante temático de la ciudad. El Cheese Bar de Poncelet en José Abascal 61. Abierto hace tres años al albur del exitazo de la increíble tienda de quesos de la Calle Argensola, en nuestra primera visita, el Cheese Bar era el mismo local moderno de maderas claras, con ese aire más escandinavo que quesero, límpido, funcional y correcto. El servicio, aún en fase de ajuste, desentonaba en ocasiones y la carta no era más que un complemento poco trabajado de sus sensacionales tablas de quesos.

Esta semana hemos descubierto un magnífico local, con la misma amplitud y originalidad de su inauguración y tal vez con ese pequeño pero de su excesiva frialdad en el ambiente, quizad buscado. Sin embargo, su carta gastronómica ha crecido exponencialmente. Multitud de platos, entrantes, acompañamientos, opciones para queseros y menos queseros. Un espléndido abanico de opciones alrededor del elemento rey en la casa.

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Obligadas las degustaciones de sus magnificas tablas .Probamos dos tablas de seis quesos- en parte a nuestra elección, en parte bajo el criterio de sus maestros queseros que trabajan tras una muy amplia y a la vista barra circular. Antes, croquetas doradas de suave queso, perfectamente fritas, excelsa burrata con atún rojo, bombones de foie y mascarpone que se deshacían en la boca y originales cocas de vieras, verduras y queso crema, crujientes y ligeras a la vez. Mucho más que hace tres años.

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La carta de quesos sigue siendo mareante y es mejor dejarse aconsejar por los especialistas. También hay cartas del día o por países, Cualquier idea es poca para facilitar la labor dentro del festival. La carta de vinos tan amplia como la primera y los postres al mismo nivel. Y para los horteras además enfrente está el MOMA y toda su gente….

Niños y cocodrilos

El lago Tonle Sap es una de las mayores extensiones de agua dulce del mundo. Situado junto a la capital “de facto” de Camboya, SiemReap,  donde cada año viajan  millones de turistas para admirar los fastuosos templos de Angkor, el lago baña la vida de miles de personas entre palafitos inestables y dolorosos y barcazas de madera salpicadas por pescados autóctonos de venta ambulante.

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Un occidental visita el lago porque tiene una tarde libre en el maratoniano recorrido que va desde el refinado y sensual Angkor Watt hasta el enigmático y epatante templo de Bayón. Y es aquí, junto a estas aguas, donde aislado del manido y no por ello menos espectacular ritual turístico, descubre algo de la realidad de la pobre y agrícola Camboya. Tan devoradora.

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En el Tonle Sap las gentes deambulan en sus barcazas entre el reclamo turístico de los dólares culpables y  unas puestas de sol que por insistentes dejaron de ser mágicas incluso para los ojos más jóvenes. En este lago inmenso se sobrevive antes que nada y el hambre no liga bien con la poética de postal o el descubrimiento del alma del viajero blanco. Y eso uno tarda muy poco en percibirlo

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Cuando un niño de ocho años se sube a una barcaza de europeos y practica un masaje de espalda con sus pequeñas manos, no busca el disfrute del cuerpo o la distensión de los nervios, busca un dólar. Cuando una niña aun menor, sonriendo, salta a la misma barcaza con una nevera de refrescos,  no piensa en que la cocacola sacia la sed ante el  húmedo calor camboyano, piensa en un dólar. Cuando la contemplación maravillada no se permite a este lado sin suerte del mundo, la lírica se disuelve entre pupilas amables y amargas, inocentes y soñadoras, hambrientas de juguetes y helados. Y entonces importan  un dólar, dos dólares, tres dólares.

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Hay en el recorrido en el Tonle Sap un espacio recio y vigoroso donde las gentes venden camisetas de pegatinas humedecidas que se rasgan como el orgullo de quien implora durante horas. Un lugar, donde adormecidos, se muestran una decena de cocodrilos silentes con sus majestuosas cabezas ligeramente alzadas sobre el marrón del agua estancada; valium de fauces un día salvajes, eternamente en coma por el calor y los flashes de las cámaras no atendidas.

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Me resultan estos reptiles la metáfora de estas aguas, aprisionadas también. Las mismas que en los meses de monzón crecen con tal fuerza que en su contacto final con el mar son rechazadas de forma obstinada, tomando la dirección opuesta a la  de su corriente ,obligadas a regresar sobre sus cauces para inundar estas tierras inocentes. Entre la catástrofe y la quietud, entre la beatifica protección de la selva; como si en cada bocanada de agua dulce una jaula fiera y desagradecida las marcase el territorio y las devolviera a su inamovible realidad de un golpe.

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En los escasos metros de sus jaulas de agua, los alligators parecen también los niños asidos a sus mínimas barcas de metal, entre el transporte y el juego, rebotados una y otra vez por la vida como este lago de color poco amable, como las suplicas ante el billete verde y ansiado, como un espejo de un ecosistema que devuelve negativas imposibles de procesar en corazones e hígados tan pequeños

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Pese a todo, hay aún una sonrisa enorme y sincera en estos niños guapísimos, posiblemente los más guapos de la tierra. Una sonrisa amarrada a la inocencia de los límites estrechísimos de una mirada sin excesivo horizonte. Acordonada al balanceo traidor del mar opulento que devuelve ilusiones entre televisiones que se apagan por generadores traicioneros, sin tripas ni Internet, sin gotas de sal que cambien el gusto, sin cocacolas sólo para ser bebidas. Así, en el Tonle Sap los niños miran a los cocodrilos sin el asombro miedoso de los niños yanquis o europeos, como si las urgencias de sus expresiones las hubieran guardado hace mucho tiempo para el trueque, para el comercio, para una parada antes del ensoñamiento y el romanticismo del ocaso, muy anterior a los miedos de película entre colmillos angustiosos. Como si el mar les devolviera en brazos hasta nuestros descolocados monederos y solo les quedase la súplica pícara y jodidamente alegre.

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No soy capaz de preguntar el nombre de quien me destensa los músculos con sus dedos de pillo, ni de aguantar más de unos segundos la mirada de la niña descalza y artista que corre para ser la menos tímida, ni del capataz más joven de la tierra que desde la proa salta como un resorte para amarrarnos el barco con los ojos tristes. Imposible.

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De vuelta a Madrid, con escala en China, en un superaeropuerto de diseño calatrávico, dos hermanos chinos de unos  diez años juegan ensimismados junto a mí con dos Iphone cinco durante más de una hora. No puedo verles los ojos porque no miran, porque no levantan la cabeza, como los cocodrilos. En sus otras jaulas.

Aún tengo Camboya metida dentro.

 

Fotos: Cortesía Conchi Ortiz

No reconocimiento

Recuerdo nítidamente la noche en la que empecé a notar que me estaba quedando calvo. Estaba en Munich con unos amigos en una discoteca de esas de música industrial de principios del 2000 donde triunfaba la estética Rammstein y los sonidos ratoneros. Vamos, el típico antro al que nunca habríamos ido en Madrid  pero que tontería obligaba, intentábamos disfrutar como dignos y acomplejados europeos de segunda.

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Fue en uno de esos baños de grandes espejos en los que la extraña turba  contempla las ojeras devastadoras de los excesos premañaneros. Allí estaba yo, empapado de sudor, tratando de enjugar el calor a base de agua industrial del Rhin sobre mi cabeza, cuando aquello clareó hasta la alarma, de un modo hasta entonces no descubierto. Esa típica patada de “verdad verdadera” en la geta que de repente te vuelve sordo para ensimismarte en tu propia desdicha. Esa no vuelta atrás de la anatomía que te acongoja por minutos y te muestra el camino nítido para el resto de tu vida. Y encima en campo contrario y sin partido de vuelta.

Desde entonces, el jugar con los “mechones” ( pretérito concepto) para cubrir el área, desfilar los extremos para llegar hasta el corner, depurar el tapete, no celebrar conciertos para evitar calvas. Ese deseo de mudarse a la Peineta que nunca llega. Hasta hoy

Viene al patatal el recuerdo, observando a Mario Conde en la televisión. Defendiendo una vez más su historia de ángel caído del sistema opresor que no permite a los Robinhoods sin cuna acceder a las mieles de una sociedad libre y capitalista. Contemplando cómo en los últimos años su ineptitud para reconocer lo conocido, su papel más de villano que de victima, no es capaz de entender su imagen en los ojos de todos aquellos accionistas que le habrían pasado la pesada gomina por los mismos cojones.

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Leo en la prensa que el monstruo de Córdoba sigue sin reconocer el crimen abominable de sus dos pequeños hijos, que los Hermanos Musulmanes y Mursi no reconocen el gobierno de los militares laicos, que Rajoy y De Guindos siguen sin reconocer que el paro baja pero no se contrata ni un currito más, y me acuerdo de Mourinho en su discurso barato tras la final de Copa sin reconocer su fracaso, de Zapatero sin reconocer la crisis, de mi mismo sin reconocer esos “remolinos” de menos.

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Vivimos en la sociedad del no reconocimiento. No reconocemos fobias, adicciones, complejos; por no reconocer, algunos no reconocen siquiera el lugar donde viven por no parecer desclasados o demasiado ricos. Aficiones de dormitorio, filiaciones televisivas mal vistas, años en el calendario, falta de talla intelectual. De alguna manera la cultura del no reconocimiento es la cultura de la falsa y autoimpuesta perfección cotidiana, la exigencia de héroes de andar por casa y superpoderes comprobables cada media hora. Y las capas intuyo, casan mal con las inercias y las miserias semanales.

En cualquier empresa u organización actual el reconocimiento de un error o de un  fracaso se entiende como la antesala hacia la puerta de  salida o la caída en desgracia en la carrera profesional. Esa creencia de la no responsabilidad en los fallos, mueve muchas veces a la inacción, a la no asunción de riesgos, al no salir movido en la foto, a buscar culpables en los aledaños en el mejor de los casos, en el más cercano en el peor.

Y en nuestra historia de día a día nos damos así de bruces con una Gran hermano mas  poderoso que establece las costumbres de un modo soterrado y sordo, como el avance silencioso de una lengua glaciar aunque sin azules admirables, ni blancos karmicos. Un poco venerable instructor  que nos agarra la garganta y susurra.

-No fuiste tú joder, que ganarás mostrándote vulnerable. Los demás no lo harían

Así, en el desarrollo de este trasunto irracional descubrimos que nos despojamos cada vez más de la esencia de aquello que valoramos, de nuestra condición de personas con matices, debilidades, imperfecciones y taras. Maravillosos defectos que nos devuelven a la amabilidad de un gesto inoportuno, o de una sonrisa grande. Y de ese modo nos parece como si en cada uno de esos casos observáramos milagros mas que cotidianidades,  descubrimientos más que normalidad, películas de ciencia ficción que nos dejan la boca abierta.Sorpresas, sorpresas Y seguimos rodando.

Sin autocrítica  el problema del no reconocimiento va más allá de la mentira, pues a los ojos de los demás el que no reconoce lo obvio además de mentiroso es tonto.Y así imagino  vamos intentando que la tontería no nos salga por la nariz de un estornudo, o se nos quede atascada en el medio de una frase supuestamente brillante, o en los bordes de las pestañas mientras ponemos ojos de cordero por las injusticias de los Fmis, de los Marianos Rubios, de la UEFA, del stress, de la falta de ejercicio,  del exceso de gomina que te mató la raíz capilar, de que fueses un mandado vendiendo preferentes a ancianos.

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Fernando Alonso nunca entenderá porque en España se adora a Nadal y a Del Bosque mientras muchos tuercen el gesto al referirse a él. El coche se ha roto demasiadas veces por culpa de la mala planificación en pista, por un fallo mecánico, por un mal repostaje, porque querían más al otro piloto, por las ruedas, los alerones, el KERS y la novia de Hamilton. Don Vicente nunca preguntó porque el campo se le iba despejando dejando a los lados solo arcenes de Grecian2012. Un día salió en una rueda de prensa y reconoció que ellos habían sido mejores. Sin más.

Decía un antiguo profesor que ET se había convertido en un éxito planetario porque Spielberg había sabido transformar una peli sobre un extraterrestre feo y bajito en la historia de un niño que protege a un amigo. Contaba, que la capacidad del director de Tiburón de elevar a la máxima expresión un sentimiento tan reconocible y valorable como la amistad, encarnada además en una figura tan querible como la de Elliot, había dado la vuelta a la historia de las pelis de marcianos.

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Esta semana moría en Roma el maravilloso James Gandolfini, culpable de la creación del para mi mejor personaje de la historia de la televisión, Tony Soprano. Venía a cuento la referencia anterior pues creo que con Los Soprano ocurrió algo semejante a la historia de Elliot y ET. La diferencia es que si bien en el primer caso se podría atribuir la culpa en casi un cien por cien a Spielberg, la misma responsabilidad se puede decir la tuvo en el segundo, no el director de la serie, sino su intérprete principal, Gandolfini.

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El gordo Gandolfini convirtió el sólo una apuesta arriesgada de una cadena en crecimiento, HBO (recordemos, demasiados referentes cinematográficos sobre los que establecer comparaciones –Padrinos, Goodfellas– una nada comercial ni familiar idea la de una serie de gangsters italianos) en un éxito monstruoso de proporciones universales, en uno de los productos más exportados de la historia de la televisión, en un icono moderno.

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Y creo que se dio así porque la gente entendió el personaje de Tony como parte de sus contradicciones, de sus miserias, de sus alegrías y de sus anhelos. Viajando del tan lejano personaje de un gangster de apariencia ruda y bestial que imaginábamos capaz de destrozar la cabeza de un traidor con sus manazas, hasta aterrizar en  la vida de ese tipo sensible y psicótico, capaz de entrar en depresión por unos patos viajeros o de hacer de la vida un festival por un plato de albóndigas caseras.

En Tony Soprano– quizá el personaje con más matices y aristas de la historia moderna de la televisión- había un pedacito de cada uno de nosotros y a la vez un resquicio de todo aquello por lo que luchamos no ser. En esa dicotomía diabólica entiendo que se basó el triunfo absoluto de la serie.

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Con Tony sufrimos traiciones de amigos, y chantajes emocionales de hijos y familiares; paranoias propias curadas a golpe de diván, atracciones peligrosas y familias celebrando barbacoas, desvelos por la prole y mareos por el exceso de responsabilidad, lágrimas por lo que se van y por los que no fueron lo que creíamos que eran, amores románticos y partidos de fútbol entre cervezas, fantasías y orgullos, ganas de volver a ser niño y regresar a un pueblo con un playa grande junto al sol. Y de aquella manera casi nos olvidamos que aquel tipo rudo de ojos tristes al que llegamos a querer sin reparos, era capaz de estrangular a un enemigo con un cable metálico o de despedazar con una sierra metálica a un traidor o de no perdonar un  duro de una mordida. Porque eso David Chase se encargaba de recordárnoslo oportunamente para que no nos pusiéramos demasiado tiernos ni perdiésemos la perspectiva, para hacernos más dependientes de esa droga por capítulos de la que no nos constaba reconocernos adictos.

Tony Soprano es la demostración de que en toda obra artística lo impredecible es básico, en que el misterio hacia la evolución de ese adorable gordo cabrón nos cogía de la garganta y nos dejaba ante la pantalla horas y horas,  emocionados y boquiabiertos. Y la constatación de que encima no sabíamos porque sucedía.

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Los Soprano eran  las antípodas de esos telefilmes de Antena tres de final consabido y sonrojante o de las pelis románticas industrializadas donde todo lo conocemos nada más empezar. Como en un espejo de la existencia misma, allí no estaba el blanco y el negro que tan pocas veces aparece, sino los cientos de matices de grises jodidamente difíciles, los pasitos adelante y atrás, los miedos y las risas, las victorias y las frustraciones. El arte y la vida con maýusculas

Gracias por tantos momentos de felicidad, gordo cabrón.

Hay ocasiones en las que una visita a un restaurante se convierte en una experiencia que trasciende lo culinario, en un homenaje a los sentidos. Si además en ese restaurante ponen  todo el cariño del mundo para hacer sentir al visitante privilegiado y único, lo que queda antes de salir por la puerta, es dar las gracias, reconocer la excelencia y felicitar a los culpables.

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Eso es Coque, el magnífico restaurante de la familia Sandoval en el improbable destino gastronómico de Humanes, un pueblo al sur de Madrid. Concebido como un oasis del buen gusto en el lugar donde nacieron sus dueños, Coque es la evolución del negocio familiar llevado a las últimas cotas del refinamiento sensorial.

Coque es el orgullo de hacer de un pueblo insustancial, una obligada parada turística. Obligada entiéndase siempre que el bolsillo permita tamañas alegrías. Cumpleaños y generosidades de mi “otro yo” lo permitieron esta vez.

Coque es la coherencia de trabajar sobre productos que nacen al lado de sus mesas. Verduras sublimes del huerto familiar potenciadas en sabor al extremo de resultar inolvidables. Coque es el respeto a una historia y una tradición sin renunciar a la más absoluta modernidad en texturas y presentaciones y a la vez sin pretenciosidad ni vacios artificios de chef catódico.

Y además de todo ello, Coque es el cliente en el centro de todo. Y así la visita a su restaurante se convierte en una celebración que va de lo lúdico a lo didáctico, de lo imaginativo a lo terrenal, de la sorpresa a la admiración con mayúsculas. Una irrepetible sensación de ser dado de comer como un dios.

La visita está concebida como un momento para conocer que es este lugar, cuáles son sus bases y el por qué hacen lo que hacen; todo ello sin apartarse ni un momento del objetivo de  garantizar el goce del comensal, boquiabierto desde la entrada por su abigarrada puerta.

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En un recorrido lleno de sorpresas, comenzamos visitando una moderna y delicada bodega de suelo de cristal. Diseño limpio y minimalista donde reposan cientos de etiquetas a los ojos del cliente, a sus pies en algún caso. Botellas de todas las denominaciones de origen imaginables, añadas de hace más de un siglo, incunables del vino. Al fondo un barman oficiando tras una barra, prepara un coctel al instante. Sensacional y suave gintonic, sobre un delicado helado de lima que llega burbujeante al paladar. En mesas con dos sofisticados taburetes de diseño presentan una preciosa jaula de cristal, dentro de la que reposa un árbol de ramas metálicas en la que cuelgan cinco irresistibles aperitivos. Espumas de vino que se deshacen en la boca, una falsa corteza de cúrcuma, bombones de foie. Enamorados desde el comienzo.

Tras ello un camarero nos invita a tomar un ascensor con parada en  el corazón de Coque; su cocina. Aparecemos en el escenario donde surge todo. Unos diez cocineros afanados en el desarrollo de los menús, perfectamente ataviados de blanco impoluto operan delicadamente ante nuestros ojos. A los mandos el televisivo Mario Sandoval que nos saluda y charla con nosotros por unos minutos, sin prisa.

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Nos explica cómo funciona su casa con la calidez de quien maneja todos los resortes del trato personalizado con cada comensal. En el momento un aperitivo hecho in situ  termina el primer  acto. Una sardina parrocha presentada en lata de conserva con tomate confitado y ahumada en el acto con  un soplete que potencia el elemento mágico de la representación. Intensidad de sabor.

Nos despedimos de Mario y bajamos al comedor principal, donde el clasicismo cromático se funde con una apuesta de formas sencillas y agradables.  Nos disponen una mesa junto a un ventanal y elegimos el menú largo sin maridaje, que caben varias opciones. El precio es un escándalo de 110 €, pero una vez es una vez y ya subyugados es difícil decir que no.

Los platos van sucediéndose cadenciosos, acompañados de una explicación que a veces se hace necesaria para comprender el modo de saborear cada sorpresa. Bonsais de olivo de falsas ramas que son snacks de aceituna, excepcionales composiciones de verduras que resultan cuadros abstractos en el plato, de absoluto sabor y olor; recipientes de dobles fondos para comprender el bocado según se degusta, mariscos intensos, mar, juego, sorpresa. Vamos llevados de la mano por los quince inventos  adicionales en una balanza perfecta entre los entrantes más ligeros y las carnes más contundentes. Platos que no chirrían por su escasez, sino que permiten tomar plena noción de sus elaboraciones y matices.

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Sinfonías de crustáceos, gambas que sangran sobre epatantes y crujientes salmonetes, venado, cochinillo, ternera, espárragos, guisantes, zanahorias. Ensoñación.

A los postres descendemos a un nuevo comedor de marrones cálidos y butacones que parecen adormecernos. Bebidas añejas sobre vitrinas en elegante bengué. Luces atenuadas. Un suflé hecho en directo, texturas de chocolates, maracuyás, petit fours  sin fin…Cafés.

Llegamos al final con el asombro en la garganta y el convencimiento de la justicia de nuestro zarandeado bolsillo. Con la certeza de haber disfrutado de eso que llaman “algo más allá de la gastronomía”, con la voluptuosidad de los sentidos abiertos en canal por las manos de este equipo de magos que hacen honor a su fama de niños prodigio, a su condición de prestidigitadores de las emociones. Un diez.

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