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Archive for 23 febrero 2013

En estas resacas de hospitales sin agua y vestidos de Dior entre hipotecas, veo en el cine la justamente respuesta en salas, Blancanieves de Pablo Berger. Como siempre, algunos dirán que está subvencionada aquí y allá, que la apoyan Canal Plus y TVE y que por eso todo el colectivo del cine español es una tribu de paniaguados desagradecidos. !!!Seguro!!!. Me pregunto cuántos de esos habrán gastado 9€ en una entrada o habrán preferido descargar pirata en casa cualquier divertimento palomitero yanqui mientras compran treinta y cinco aplicaciones en Apple Store para no entender muy bien qué hacer con ellas.

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Me refiero a ello porque desgraciadamente el cine español vive en esta época de crisis, de esa mala prensa alimentada injustamente por la sinrazón y el sectarismo de algunos y acrecentada por tristes temas que ni deberían mezclarse ni en ningún caso hacer que dejásemos de ver el bosque.

Una entrada para una obra maestra como Blancanieves vale menos de 10 € y ha costado cuatro años en hacerse. El Rey León en la Gran Vía cuesta 85 € y una entrada de un Madrid-Barcelona (adoro el fútbol y los musicales por las sospechas) más de 100 o 150.

En fin, que el cine español seguirá siendo malo, caro y lleno de putas y milicianos.

Blancanieves es original, valiente, universal desde lo más hondo de la tradición española, emocionante, lírica y divertida. Es clásica y tremendamente moderna a la vez. Nos devuelve a cierta atmósfera de las pelis de Jean Pierre JeunetDelicatessen y Amelie me vienen a la cabeza-mezclado en la coctelera con ecos flamencos y reminiscencias de Kusturica. Está bien contada y maravillosamente rodada. Tiene planos de una infinita belleza y una puesta en escena y una fotografía que a veces nos acerca a los mejores cuadros del Museo del Prado o a las más sublimes escenas del maestro Dreyer en Ordet.

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Blancanieves está magníficamente interpretada, desde las sublimes Maribel Verdú y Macarena García hasta el contenidísimo Daniel Gimenez Cacho en su papel de torero triste. Cuenta además con la presencia de una increíble niña de ojos grandes, Sofía Oria, que se come la pantalla y que seguro dará mucho que hablar en los próximos años.  Blancanieves además consigue la proeza de emocionarnos con una historia que todos conocemos en su nudo y desenlace y de hacerlo además sin palabras, volviendo a la esencia del primero de los cines. Porque como casi todo el mundo sabe Blancanieves es una peli muda.¡¡ No jodas, española, en blanco y negro y encima muda!!. Peor para el que se la pierda.

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Y así, en ese juego tan español de las envidias y las comparaciones, me resulta infinitamente más original, cuidada, artística, lúcida y genial que la cacareada el año pasado The Artist, a la que ya añadí a mi lista de fobias confesables para discutir. Pero es verdad, el chauvinismo francés tiene estas cosas con el marketing que tanto nos cuestan a los españoles.

En la lista de finalistas a los Goya de este año, Lo Invisible nos devolvía la idea de que en España se pueden hacer grandes producciones con el mejor talento técnico y contando historias que emocionen, sin que como algunos dicen-“se note que es española”. El artista y la modelo recuperaba al Trueba más sensible y sencillo en ese maravilloso acercamiento a la naturaleza de la creación artística que es su película. En Grupo 7, Alberto Rodríguez nos mostraba de un puñetazo la realidad de la policía sevillana en la época de la Expo en su trepidante, dura y descarnada obra. Y sólo estoy hablando de tres ejemplos.

Hace más de un mes vi en el cine The Master, la última película del consagrado por los medios, nuevo Orson Welles del cine americano, Paul Thomas Anderson. No entendí nada y encima tuve que aguantar más de dos horas y media en la butaca. La cinta, protagonizada por el magnífico Joaquin Phoenix está nominada a tres Oscars y apuesto a que nadie que vaya a verla al salir del cine dirá lo de “Si es que ya te dije, no sé por qué te empeñas en ver cine americano”. Y es un puto ladrillo.

Malo sería que en esta país de tendenciosos y malintencionados, mezclásemos ideas que no tienen que mezclarse. El arte es arte y tiene la maravillosa ventaja de ser universal, de no conocer de nacionalidades para resultar sublime, de no atender a sectarismos o regionalismos de medio pelo para poder dejarnos con la boca abierta y el corazón encogido. El resto, crisis, desahucios, ERES, mangantes y corruptos, poco tiene que ver con un señor que escribe sobre un folio en blanco e intenta contar una historia. Por mucho, que no nos olvidemos, el mismo derecho que tiene un frutero de quejarse porque le quitaron la subvención a los tomates que debe vender más caros, lo tiene ese artista que ve cómo ir al cine ha pasado a costar tras veces el precio de las palomitas en vez de dos.

Por cierto, no dejar de ver la peli de Berger.

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De cena el jueves en el antiguamente mejor restaurante de Madrid. El peso de la tradición en una caricia de buen gusto y atención privilegiada. La mesa perpetua de mi ciudad.

 

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Siento como si en este comedor afrancesado de paredes ocres y magentas se mecieran los recuerdos de mi infancia hasta hacerme sentir en brazos, como si retornara a los olores de la tienda de café cercana a la casa de mis abuelos, o al aroma a puchero del de mi abuela paterna.

 

Los pueblos son lo que son por la tradición; incluso en la destrucción de ellas. Las familias celebran y se acercan a la felicidad por esos pequeños ritos que tornan en fotos de alegría instantánea, filtros benditos de miserias y angustias cotidianas, recovecos para la celebración de la vida.

 

Somos mucho menos sin tradiciones;  sin Loterías de Navidad o  bodas de corbata en la cabeza; sin fiestas de verano en los pueblos ni romerías que rememoran nuestra infancia, sin Nocheviejas y uvas sin comer, sin Semanas Santas entre la fe y el rechazo; sin estadios de fútbol llenos de desahogos y lágrimas, sin horas de llegada y mentiras consentidas, sin un gesto que nos devuelve a nuestros genes entre una sonrisa orgullosa.

 

Hay naciones que han hecho de la tradición su seña de identidad, para mantenerla y renovarla; que forman su espíritu en la constante catarsis alrededor de cinco o seis sentimientos básicos. Que en su defensa y desprecio se han hecho grandes. Y así nadie imagina Londres sin bobbies en las calles con cara de haber querido ser  Sid Vicious para salvar a la Reina, jóvenes airados blasfemando una y mil veces entre inacabables pintas de cervezas para acabar alabando el vestido blanco de Pippa, como si fuera una hermana que proteger, como en un encargo de todo el país frente al mundo.

 

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Del mismo modo en cada una de nuestras casas  hay una tradición que es una norma del alma y un motivo de reposo frente a la deshumanizada turba. Como si en cada uno de esos gestos aprendidos radicara la esencia de nuestra vida, el pilar de nuestra felicidad fugaz y huidiza.

 

Construimos tradiciones casi sin darnos cuenta, de modo ordinario; por necesitar apoyos y rutinas que nos protejan; porque el vértigo del cambio constante nos devuelve a los gritos en una plaza llena de niños corriendo, al primer pedaleo en una bicicleta, al día que vimos el mar.

 

La tradición es  madre de nuestra memoria y cómplice de nuestra melancolía; es un atajo de neuronas corriendo por llegar a casa; es un escondite jugado con el tiempo, es olor a invierno y nieve en los zapatos; es la sonrisa de quien amamos por primera vez y el rostro infantil de quien amamos ahora. Es la vida.

 

No dejaremos nunca de edificar ritos y tradiciones para nuestro descanso, como un cordón umbilical invisible a la mano confiada de un hijo, a la mirada sensible y temerosa  de un padre, al susurro del aviso de que la comida en la mesa se ha quedado fría, a correr y correr y a sonreír grande. Como de niños.

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Dalí regaló a Gala en 1971 un castillo renacentista en la diminuta villa de Pubol en Gerona. Este castillo, dedicado y pensado para el disfrute de la musa del genial pintor catalán, es la metáfora del Bajo Ampurdan. Ese desconocido e inspirador interior del norte de Cataluña.

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La quietud de su ubicación, elevado silencioso entre campos de trigo de intenso verdor y salpicado por masías ocres, nos devuelve la sencillez y el reposo de unas tierras donde el tiempo transcurre cadencioso y juguetón, aprovechando los rayos de sol en este cielo azul intenso, turquesa como el agua de una costa brava y salvaje, luminosa y tímida, como una cala entre pinares, como una roca asomada entre la espuma de las olas del Mediterráneo.

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Y en este castillo, entre paredes recias como la germánica Gala, deambula el espíritu burlón del genio de bigotes, como si en cada pueblo de estas tierras hubiera un homenaje a los elefantes de patas desproporcionadas de su jardín, a las Cariátides de sus fuentes y las cabezas de Wagner acumuladas a los pies del agua repiqueteando.

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Como si de esa manera contempláramos el paisaje apolíneo y llano de estos parajes silenciosos, salpicados por la belleza infinita de sus pequeños pueblos medievales, de sus playas escapando del turista veraniego, de sus rincones exquisitos y aristocráticos; como el dibujo de su matrimonio mas célebre, tan necesitado del espacio para el deseo, para la ensoñación. Como si en cada paso que recorremos en este lugar necesitáramos volver para quedarnos tal vez, para echarlo de menos.

Peratallada ni siquiera es un pueblo, solo un conjunto medieval. Forma parte del municipio de Forallac y es un magnifico recinto amurallado lleno de encanto. Sus calles de piedra irregular nos devuelven a la Edad Media. Caminamos entre casas señoriales adornadas con faroles encendidos en marrón, carteles de colores que anuncian exquisitos restaurantes con patios de cuento, abigarrados en su decoración; entre las cerámicas de terracota de la vecina Bisbal y los azules de muñecos que juegan con mesas cuidadosamente abandonadas en un rincón bañado por una fuente escondida. Como si nadie hubiera ahorrado detalles en una armonía colorista y decadente. Plazas coquetas que nos regalan balcones renacentistas, como si el espacio se llenara de princesas etéreas, como si la civilización aun esperara cansada por venir aquí.

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Hay tiendas de decoración, galerías de arte, puestos gourmets y vendedores ambulantes. Hay silencio y una cálida luz que anticipa el mar. Hay descanso.

En Monells, los arcos de su casco antiguo serpentean junto a un elegante y poco bullicioso río que nos lleva hasta su plaza principal. Un magnífico ejemplo de estructura medieval maravillosamente conservada. Antigua sede de un importante mercado de la comarca, es orgullo aun de los parroquianos.

La estampa invita a sentarse a observar y a escuchar el silencio, a disfrutar el aperitivo con una coca de verduras o anchoas, botellín en mano; a subir hasta su parte más alta para contemplar la llanura, esa estampa ligeramente adornada por la brisa que nos adormece los nervios.

Uno puede acercarse hasta Pals y visitar su imponente Torre de las Horas, un ejemplar del románico catalán de planta extrañamente redonda y subir hasta el Mirador del Pedró desde donde observar su trazado medieval salpicado de ventanales góticos y arcos señoriales. El recorrido, siempre en sentido ascendente, tiene el premio de la armonía de sus calles, perfectamente cuidadas, en un paseo donde el regalo final es la contemplación de la costa al fondo, con ese magnífico paraje para los buceadores que son las enigmáticas Islas Medes; con sus islotes dibujados altaneros contemplando la belleza desde la distancia.

Ya en la costa, desde la villa marinera de Calellla de Palafrugell, caminamos junto a su encantadora playa urbana salpicada de chiringuitos con las brasas humeantes del pescado regalándonos el olfato. Serpenteamos hasta descubrir las calas junto a Begur. Aiguablava entre pinares y burguesas residencias adornando su silueta, Sa Riera y Sa Tuna, la hermana pequeña, con sus barcas  de  pescadores de colores , devolviéndonos el recuerdo de Port Lligat donde Dalí dio rienda suelta de nuevo a su genio y su locura, imbuido por esta ausencia de tiempo o este viento alocado en la costa que revuelve las mentes.

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De subida a Begur hasta su imponente castillo, en un paseo de historia repleto de casas de indianos; de aquellos aventureros catalanes que hicieron fortuna en América y dejaron testimonio aristocrático de sus costumbres en aquellas tierras, de esa opulencia exagerada y colorista que nos regala esta villa entre sus muros.

En la masía en la que descansamos  repiquetea el agua en una fuente retorcida de colores, regalo nos cuentan de un escultor de la zona que dedicaba su vida a hacer butifarras caseras. Genio y estampa de estas tierras, entre las tripas de sus arcillas y la paleta de colores del mar entre los pinos. Como si Dalí, sentado en una butaca imposible y en medio de los trigales mordiera entre carcajadas un bocadillo de salchichón. Como si lo hiciera en una foto para siempre. Inmutable.

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