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Alguien dijo que los paraísos mayores son los más cercanos , los más fáciles de convertir en rutinarios y asimilarlos como propios, los no por escondidos capaces de alterar nuestra alma sin discontinuidades, con un cierto halo de pertenencia.

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Hace unas semanas descubrí con mi alter ego, uno de esos paraísos a los que quiero volver para quedarme un trozo, para despojarlo de magia y llenarlo de agujeros de asombro, de partículas de ensimismamiento, de silencio.

En los ya lejanos noventa un anuncio de coches regaló al público, un abuelo que entre muros de piedra y pucheros  quedaba asombrado ante la visita de los dueños de un robusto cuatro por cuatro y preguntaba aquello de “¿Y Franco que dice de esto?” “¿Y el Madrid otra vez campeón de Europa?”.

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Aquella escena, contaban los realizadores del spot, había surgido tal cual, sin más artificios que el permiso posterior para grabar una conversación espontanea y entrañable de un señor que no había salido de su pueblo en al menos 30 años. Ese señor vivía en uno de los denominados pueblos negros de Guadalajara, ese cercano tesoro de tranquilidad y belleza que en respeto a su aislamiento muchos, hemos tardado en descubrir otros treinta años ó más.

La denominación de esta amalgama de aldeas del Norte de Guadalajara, proviene del uso casi exclusivo en la construcción de sus casas, de la pizarra; material omnipresente en su paisaje que forma cortantes montañas rodeadas de hayas y pinos,  colosos que en la primavera y el otoño dan a estos pueblos, a más de mil metros de altitud, un aire de señorío y altivez, una suerte de trono inaccesible a la espera o de vuelta de los mas fríos inviernos de la península, esos que obligan a almacenar fabadas de nuevos anuncios, emociones que se congelan en la meteorología adversa del tiempo.

A los pies del pico Ocejón, que desde su majestuoso mirador nos llevará por las sendas del Macizo Central hasta La Pinilla (aquí se acunan los pueblos del sur de SegoviaRiaza y Ayllón, entre plazas con solera y lechosos y crujientes borreguitos de sueño eterno en un plato) nos encontramos con aldeas salpicadas entre valles, deliciosos ejemplos de armonía arquitectónica y cromática, frías fachadas de piedras en gris que se esconden entre álamos y chopos que las protegen, que se extasían con su serenidad.

El camino empieza  en  el pueblo de Tamajón. Un recorrido para el goce de motoristas y conductores sensibles que va dejando atrás bosques territorio de zorros y corzos, abrigo de cazadores de madrugada y ermitas del primer románico, pasos de otro tiempo enmarcados en un aroma de tomillo y chimenea.

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Hay muchos pueblos después y algunos de excepcional belleza, como Campillo de Ranas, al pie del coloso, intrincado de forma salvaje entre la frondosidad de sus campos, de casas bajas que en sus tejados oscuros se confunden con el verde de la naturaleza desbordada, de calles serpenteantes y  coquetas plazas conformando una bucólica estampa de sonoridad infinita, de amores atemporales por celebrar

Pasando por Majalrayo, recio y elevado a los pies del río, de hogares antiguos y tradiciones. Orgulloso en el sostén sus muros tras inviernos que aquí dicen no son lo que eran, humeante  en su despertar a los primeros rayos de sol que aquí parecen de una intensidad despojada de filtros urbanos.

Y terminando en Valverde de los Arroyos, en lo alto de una colina, divisando privilegiado la montaña, dándole la mano desde sus prados impolutos, perfecto balanceo para el descanso sin aditivos, bañado por cascadas que en afán de anonimato solo son chorreras, como si entre sus parroquianos hubiesen decidido que el gran público no les perturbe, negándoles la importancia de su inconmensurable belleza.

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No dejamos de admirar en cada uno de ellos, el funambulista ejercicio de su piedra oscura para tallar irregulares estampas de construcciones que acunan nuestra mirada entre la tradición y el diseño, entre la grandiosidad de la naturaleza aquí agreste y la maestría del hombre que la domina y la embellece; en el equilibrio inestable de formar parte de estos parajes sin alardes, con el respeto de quien contempla un lugar privilegiado y comprende que solo puede tomar parte desde la simetría imposible, desde el cincel de quien moldea la piedra para tallar un efebo y luego esconderlo, como si en cada uno de aquellos ancianos de anuncio se guardase el espíritu de quien balbucea sin saber que contestar, con la media sonrisa de quien guarda el mejor de los secretos.

Y ese mismo camino de sorpresas nos lleva hasta su mejor bosque, ese infinito Hayedo de la Tejera Negra, excelso en otoño y alegre y colorista en primavera.

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Dueño de rutas circulares junto a un rio juguetón y truchero,  oculto y visible a los pies de las hayas, enormes, singulares, refinadas, dándonos la bienvenida como si en el tiempo de espera nos hubiera construido un pasillo mágico de columnas delgadísimas que llegan al cielo, serpenteando con sus hojas entre reflejos dorados de un tintineo de sol, haciéndonos sonreír.

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Madrid 1987

Ambivalencia. Un paseo entre la admiración y la repugnancia, entre el aplauso y la nausea. Diferente, atrevida, valiente y fallida. Eso me parece, Madrid 1987.

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Lo bueno de Canal+Yomvi  es no tener que ver cine absolutamente novedoso. Quiero decir, hacerlo con cuatro o cinco meses de diferencia, con la suficiente distancia para que publicidades, entrevistas, alfombras rojas y guiños de amiguetes no interfieran en las sensaciones. Además permite el sano ejercicio del escape de todo aquello estrictamente de moda; locales donde ir, películas que ver, canciones que escuchar. Como una especie de disfrute a contracorriente o de postureo anticomercial. Y solo cuesta 20 euros al mes.

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Lo malo es que en los maravillosos Ipads la imagen de vez en cuando se para y uno se cabrea con el mundo y con Telefónica que para eso no es quien me paga y del que depende la vieja central telefónica que me jode los nervios. Sin embargo hay algo en esa experiencia que devuelve el cine a su esencia primera, a la pintura, a la fotografía, a las imágenes quietas donde descubrir los matices de la actuación, la dificultad de los gestos medidos buscando sentimientos, la naturalidad de aquellos que interpretan como funambulistas sin red, como concertistas de violín sin margen de error, como amasadores de pan de amaneceres.

Eso me ocurre en los primeros minutos de Madrid 1987, la última peli del pequeño de los Trueba, David. Contemplo el rostro castigado y sabio de Pepe Sacristán al que sin voz parecen acabársele los recursos, como si tornara en un secundario más, desprovisto de esa actuación tan discursiva que uno no sabe si viene del texto o de los colores de su garganta. Y veo la cara perfilada de María Valverde, sus perpetuas ojeras y esa mirada entre el desvalimiento y la picardía de la más lista de la clase- lejos aquí de sus esforzadas recreaciones para adolescentes junto al insufrible buenrollista de Mario Casas, ya en novio ficticio o real, agarrado a una moto o a un coche furioso y copión de lo más yanqui; bajando de esa mula guerro-civilesca de la que uno cree que en cualquier momento descabalgará un Hombre de Paco o un naufrago de un barco.

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María tiene ese rostro que uno asocia al canon de belleza de una generación, entre la soberbia y el desvalimiento, como una Kate Moss hispana entre la intelectualidad y Calvin Klein, entre la sosería de Hoss y la valentía de una niña de colegio de monjas cogida a la espalda de un  motero.

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La historia me recuerda lo que aborrezco las pelis discursivas- inevitable aquí en ese viaje entre Sacristán y el a todas luces reconocible retrato de Paco Umbral en su vena más verborreica y pedante. Me devuelve a ese Martin Hache de Aristarain que tan lejos me pareció siempre de una mis tres pelis favoritas de todos los tiempos. Ese sensible relato llamado Un lugar en el mundo, donde el maestro Sacristán se comía la pantalla cuando sugería a borbotones en ese espléndido retrato de amores soterrados con Cecilia Roth.

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Chirría además el acercamiento a una historia, que en la genealogía fraternal de los Trueba,  es dulce y casi místico en El artista y la modelo de Fernando y que aquí se convierte en un tufo pretencioso para pajilleros cool, con aristas que si fueran escritas o dirigidas por alguien más allá del protegido mainstream de la progresía patria, acabarían en apologías de temas más que escabrosos. Ese enfermizo encierro entre el crepuscular periodista y la estudiante entregada, roza escenarios de cierta vergüenza pese a la pretendida verdad o autoexplicación de la historia. Desbarra y da un poco de grima.

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Sin embargo e indefectiblemente unido a ello, hay un momento para la admiración de una peli más que valiente que se adentra en escenarios difícilmente defendibles, en el retrato de personajes que buscan una identificación que el director conoce es más que compleja. Y eso me parece honesto y transgresor.

Las actuaciones, en ese fino alambre entre la genialidad y el bochorno, dan verdad a un texto más teatral que cinematográfico y que se mueve siempre en el balancín de lo irrisorio, en la apuesta de un francotirador con poco complejo, si acaso  el de no resultar excesivamente sensible a base de referencias de putas, polvos, jadeos y gorilas. Ese sello tan típico de los Trueba de hacer gala de estar salido sin parecerlo demasiado. O al revés.

Así, mas allá de la dificultad del tema, debe reconocerse el maravilloso tour de force entre estos dos enormes actores, tan lejos por edad y tan cerca por talento y la aceptación de que la peli merece un visionado para inmiscuirse en los sentimientos encontrados que el guión genera en cualquier espectador; ese viaje entre la comprensión y la grima que no es más que el principal argumento de cualquier obra artística. Esa idea de remover emociones, generar preguntas. Hacer dudar.

Esto, si en medio no hay pausa para gritar a la madre de Alierta porque el plano volvió a parecer de hace un siglo. Pintado y quieto.

Homenaje al fútbol

Hoy sin ser un buen día, quizá sea el mejor para ello. Como en un homenaje al más irracional de los sentimientos  en este lado del Océano, como una suerte de sortilegio para entender lo inaccesible del pulso acelerado y  los ojos enrojecidos de rabia o  felicidad.

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Tras cinco meses de blog, hablo de fútbol, hablo de mi Real Madrid. Y hablo no solo de mi equipo, que también, hablo de la rabia de mi sobrino tras quince años de derbis fracasados y la furia en el estómago queriendo gritar una victoria imposible, noches sin pan por la decepción y la angustia, ese por qué somos del Atleti en el ADN, dobletes, elefantes, finales europeas, Falcao y Forlán balones de oro, cabrones riéndonos de las copas de Ferias, abuelos de la mano de sus nietos en la cabalgata del Emperador de las piscinas y los bañadores hasta las tetas. Hablo de ese anuncio de alcantarillas y “monos”, hablo de un himno sabinero que nadie canta, pues el otro es mejor, es más bonito.

Y pienso en un  amigo recordando la Gabarra en la ría con sus catorce de soberbio y vacilón orgullo, llorando por una maldita Juve destrozando un sueño europeo. Como una bofetada primera antes de crecer.

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Y en Giraldas betiqueras, cubiertas de arte en las fintas de Joaquín, en las copas ganadas a ritmo de palmas, en la envidia a ese Palop regalando UEFAS, caídos del nido fanfarrón del otro trozo de su Sevilla

Hoy después de ayer, podría volver a sentir los pies apoyados en esa litera esperando la lírica voz de aquel tipo con Santillana y Juanito en la garganta. Goles entre funciones de Quique Camoiras en los descansos, heroicas en Chamartín, regates añorados en la línea de cal, finales a doble partido que ganábamos antes de salir al campo, sueños a la escuadra de un césped recién regado.

Un paseo junto al Retiro y Luis de Carlos en los oídos firmando autógrafos por los goles de ese tipo que hoy habla como un ministro malo, sin decir nada, como si en los quiebros de aquella noche torera y gaditana hubiera vendido el alma a la parroquia y no fuésemos  a devolvérsela hasta un nuevo deleite en pantalones cortos , sin corbata ni micrófonos, solo por chicuelinas.

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Lloros, angustias, patadas y puñetazos. Cenas sin terminar y remates que no entran. Milán , Eindhoven, Milán. Humillaciones en una mano, premonitorias de otras. Imposibles que parecían durarían toda una vida. Calor en la pantalla, junios de partidos llenos de sol, brasileños que se metían los goles solos y ligas que se marchaban en avión. Argentinos que prometían devolverlas.

Y entonces ese gol, tan despacio, tan suspensivo… lleno de burbujas en un estómago malo. Champán, lágrimas y semáforos rotos. Volver a casa por las algaradas, Atocha lleno y abrazos, no poder andar, no querer andar, Amsterdam Arena.

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Han vuelto penaltis a Júpiter y maldiciones, décadas de rabia de ramos por Juanitos, furia y segunderos que parecen Concordes agoreros, “molto longos” un minuto tarde. Hemos visto tacones de gafas de pasta y trampolines, ruletas sin rojo ni negro, voleas marcianas y aguanises, ídolos sin alma y gordos adorables. Hemos vuelto a soñar en estar ahí dentro y en  nuestro nombre coreado; no lo explicaremos nunca porque no queremos, infinito y mágico refugio de aquello que en este mundo no se comprende.

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En la Castellana sigue habiendo bolsas de pipas de calabaza y bocadillos de mal jamón. Esas luces encendidas en la mejor guía de nuestro corazón, cogidos del brazo de un niño que empuja corriendo media hora antes de la función. Como si en cada minuto fuera del santuario, se marchase una final Europea o un trozo de nuestra existencia.

Hay lugares que nos gustarían que fueran secretos, propios. Descubrimientos que desearíamos permaneciesen en nuestra esfera mas intima para disfrutarlos sólo cuando y con quien queramos. Playas recónditas, miradores de cine, puestas de sol a medida, pueblos inaccesibles. Hay un trocito en cada una de nuestras almas que nos pertenece a modo de particular usucapión, que decían los romanos. Por la primera conquista, por ser el más listo de los aventureros, el más osado de los sensibles, el más silencioso de los emocionados.

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Imagino que no habré sido el primero en tener esta sensación en Montia– un pequeño restaurante en San Lorenzo del Escorial– que dispara el deseo de resguardarlo, de taparlo con un manto invisible y hacer que lo abran bajo petición, que nos los escondan. Sin embargo me puede el deseo de compartir un proyecto tan personal y admirable y hacer que llegue a los demás. Desde el asombro del envidioso que se siente mecido en esta sala de paredes blancas y maderas cálidas, desde el deleitado paladar de aquel al que le cuenten una historia mientras le arropan entre sorpresas exquisitas, desde el reloj que aguarda una, dos , hasta tres horas para volver a la realidad mucho más prosaica y en blanco negro que el balanceo meloso y juguetón que hay entre sus manteles. Todo eso me habría querido quedar para mí,  pero sus dueños merecen que muchos más  compartan mis emociones.

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Montia es la apuesta de dos- supongo treinteañeros- curtidos en cocinas de relumbrón, investigadores de sabores nítidos en las raíces locales de sus productos, obstinados en devolver sobre una mesa lo que sus tierras más cercanas proporcionan en bruto. Y haciéndolo con la mayor de las delicadezas y sofisticaciones.

Además de  ello, en Montia todo esto se hace a un  precio irrisorio para lo que ofrecen.

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De Montia uno sale con la sensación de haber sido estafado en el 99% de los restaurantes a los que normalmente acude. En cualquier sala madrileña de medio nivel un pescado cuesta lo que Montia ofrece en todo su majestuoso menú degustación. Y como lo ofrecen!!!!

En Montia no hay carta, lo que debe suponer un aviso para aquellos que busquen un lugar al uso donde elegir entre un solomillo y un entrecot. La película aquí no va de eso. Solo recibes dos opciones- un menú corto con tres aperitivos, cuatro platos, una degustación de quesos y un postre- y uno largo al que se le añade un plato y un postre más. El primero cuesta 25 €, el segundo 35. Existe además la opción de un maridaje por 12 € adicionales con vinos curiosos y escogidos con mimo que se renuevan como el menú, con una cadencia casi diaria.

De mi experiencia hace un mes- que en nada coincidirá imagino con la que pueda tener la próxima vez que tengan una mesa libre- sólo puedo recordar acabados sublimes, texturas perfectas y sabores nítidos. Comenzando con una suave cerveza artesana y unos panes ecológicos de primer nivel, hasta tres deliciosos aperitivos donde la interpretación cremosa de un mejillón tigre de toda la vida resultaba epatante. Le siguió una ligera pero llena de sabor ensalada con tomates confitados, crema de queso de cabra y anguila ahumada, para pasar a un sorprendente revuelto de huevo de oca con morcilla, delicado, original y a la vez contundente. Buenísimos bacalaos y rabo de toro posteriores y sublime tras el surtido de quesos de la sierra con sus acompañamientos, el mousse de requesón, con helado de manzana, mermelada de frambuesa y migas de polen de abeja. Un diez como colofón.

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El servicio es esmerado y se agradece la sencillez y juventud de todos los que forman parte del proyecto. El salón-pequeño, solo ocho mesas- original, minimalista pero acogedor, y los detalles de una alta honestidad. Maravillosa agua de la sierra sin recurrir a las no mejores y cobradas minerales de turno, el servicio sin coste y el café  italiano hecho al momento en cafeteras individuales. Se puede pedir más? Es imposible.

Como sigo moviéndome entre la necesidad de este post y el arrepentimiento por ello, no dejaré ni dirección, ni teléfono ni nada más. Solo los elogios, seguro que cortos. Para el resto ya existe Internet y las ganas de descubrir. Aunque os recuerdo que este sitio es mío.

Veo en Internet a Blanca Suarez en la inauguración en Madrid de la nueva tienda de Emporio Armani. Pone caritas junto a un zapato imagino que carísimo; posa divertida junto a una rubia oxigenada y petarda; no para de sonreír bajo su flequillo de niña bien justamente salvaje. La veo en el supercartel del Corte Inglés, en la fiesta de los Goya con bigote, en la mayoría de las revistas del quiosco, en anuncios, en un coctel, en todas partes. Creo que ha dejado de ser una actriz talentosa para mutar en un personaje imaginario dotado de ubicuidad, una especie de Jesucristo con los ojos perfectos y sonrisa profident, un elemento más en ese mundo irreal y antojadizo donde todo parece de plástico y naif.

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No sé hasta qué punto esta chica se da cuenta de todo ello, de la sobreexposición constante y cansina aun en el caso de las caras más bonitas.  Imagino que por detrás, alguien -agentes, representantes, asesores- decidirá de ese modo extraño en que entienden las matemáticas del éxito, asidas sin reparos a los céntimos de sus ojos, a su flequillo guardando cheques de varios ceros, a ese encanto neuronal en pseudodestrucción, avaricioso entre bombones de foie y piruletas de wasabi.

Junto a ella, en lo de la tienda, esa tribu inexplicable de blogueros de moda, a los que uno les gustaría aplicar la terapia de Bardem en No es país para viejos, antes de que salgan despavoridos jurando por la it girl de moda o la madre que la parió. Esos nombres imposibles que escucho en todos lados sin haber demostrado jamás nada más allá de combinar cuatro colores o distinguir un tejido natural de uno sintético. Que cojones.

Una gran amiga que trabaja en esto de la moda se vuelve loca si la mujer de Bustamante lleva una camisa suya. Y seguro que lo hace llena de razón. Del mismo modo imagino que  habrá gente a la puerta de su casa esperando que la siempre educada y angustiosamente perfecta Paula le dedique un minuto de su cuerpo para expandir el negocio. De traca.

De vuelta a casa, un tipo interrumpe el silencio del vagón jurando que ha sido autónomo dieciocho años, que le aterra pedir a gritos, y que lo hace porque no ha querido dejar en la estacada a ocho familias tras la quiebra de su negocio de reformas industriales. El pobre hombre, al que la parroquia escruta su vestimenta no muy diferente a la de cualquiera de los que observamos, nos acerca a esa crisis del vecino de al lado con jersey de marca y zapatos de cordones, de sueños acabados que terminan en un cercanías, de negocios rimbombantes que fueron y que hablan de alicatar baños, cambiar mamparas o atornillar proyectos vitales a cambio de unos euros de perdedor.

Pienso en esta dinámica de ganadores y vencidos; desde el sonido que interrumpe el discurso de este hombre aseado hasta la princesa amarrada a un zapato sonriendo; este teatrillo de luces y sombras que dibuja fronteras tan difusas y acojonantes. Rápidas como tres paradas de Renfe, como el correr hasta el siguiente vagón para repetir una historia increíble.

En el periódico leo como Sara Montiel recordaba haber conseguido su sueño de infancia de haber llegado a ser muy famosa; cómo Margaret Thatcher no volvió la vista hacia sus hijos el día que corriendo tras el coche se intentaban acercar a la que sería la siguiente ocupante de Downing Street. Como si en ese camino no hubiese nada entre medias.

Pienso en que tras cada voluntad obstinada hay un principio de patología, de afecto malentendido, de capricho iniciático imposible de soslayar, de pequeña ventana a la soledad y la tristeza. Pienso en ganar y en perder, en los autónomos atrevidos y las actrices que no comen canapés por la línea. En que nadie pueda ir en Cercanías a una fiesta de Armani y en toda esa gente que le suda los cojones la calle Serrano porque están inventando el discurso de mañana. Como si fuesen Saritísima o la Dama de Hierro. Pero sin focos.

Nunca he sido fanático de series de televisión. Hablo de fanático en el sentido de seguidor incondicional y enamorado, grabador de capítulos en la década anterior o compulsivo recuperador de los perdidos en la actual. Ni he estado jodido por finales incomprensibles e injustos, ni llevé nunca las orejas de punta, ni siquiera de pequeño quise tener un coche fantástico o un grupo de amigos con un colega con collares de oro. Reconozco que no.

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Solo puedo decir que seguí con cierta congoja el horrible crecimiento de Kevin Arnold en Aquellos maravillosos años antes de pensar que iba a acabar saliendo de putas con el falso Marylin Manson judío. Antes de que la voz en off del maldito hijo de Antonio Alcántara nos devolviera la versión cañí y apta para toda la familia del revisionismo histórico de turno.

Amé profundamente la que para mí sigue siendo veinte años después, la serie más moderna, heterodoxa y  envolvente de la historia de la televisión: la TwinPeaks del otras veces críptico e incomprensible David Lynch. Nunca olvidaré el miedo real en el último capítulo. El acojone entre cortinas rojas y enanos demoniacos.

Y muchos años después idolatré a destiempo, quiero decir con posterioridad sonrojante a su estreno en el Plus, las peripecias de Tony Soprano, su mafia, familia disfuncional, fobias y casas de diseño imposible entre albóndigas caseras. Solo eso, prometo que nada más.

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No contaría esto si no hubiese caído en los últimos meses en la más profunda admiración hacia dos series que cuentan historias similares desde acercamientos dispares; dos historias unidas por el invisible cordón umbilical del comportamiento humano en el contacto con el poder y el dinero. Dos metáforas de este tiempo de Bárcenas y ERES, de intrigas de poder y terrenos recalificados, de conspiraciones mediáticas que se adivinan y escándalos imposibles que se transcriben. De todo aquello con lo que nos desayunamos las mañanas en este y el otro lado del océano.

House of Cards y Crematorio tratan de ello. Y lo hacen desde dos magistrales libretos, historias bien contadas y llenas de recovecos y matices, personajes poliédricos que nos adentran en la complejidad del alma humana, venganzas y ambiciones por partes iguales, códigos éticos difícilmente aceptables pero que acaban resultando nuestros, filiaciones con los tipos más indeseables que uno podría imaginar pero que acaban pareciéndonos mejores que todo el universo que observamos a su alrededor. Y sobrevolando todo, una dura reflexión sobre la naturaleza de los que nos gobiernan, de aquellos que manejan o especulan con nuestro dinero contribuyente, de aquellos que deciden sobre el porqué de lo que nos ocurre como sociedad  y sobre cómo nos ocurre.

ImagenAlguien debería decir alto y claro que Crematorio es la mejor serie que se ha hecho en España en los últimos veinte años. Porque simplemente es así. Desde unos maravillosos títulos de créditos y tema de cabecera, hasta unas interpretaciones prodigiosas encabezadas por ese Pepe Sancho que siempre vivirá en mi cabeza como el Rubén Bertomeu, frío y manipulador, empeñado en hacer del Mediterráneo su teatro de títeres particular. La historia tiene el nervio de las buenas pelis de gangsters, los diálogos más certeros  que se han escrito en este país y el diseño de personajes más creíble que hemos visto en una ficción española.

En Crematorio comprendemos las motivaciones de todos y cada uno de los tipos que nos muestra la pantalla, nos unimos a ellos. Desde el capo con la pulsión de poder en los genes, hasta el segundón asfixiado por la omnipresencia del amigo, la hija buscando su hilo vital en oposición al patriarca, el yerno títere enamorado, el fiel abogado, el descerebrado matón, la abnegada y perdida esposa de vitrina, la nieta consentida y díscola, el concejal sin escrúpulos, el matón del Este.

Cada personaje está construido desde una acumulación de matices que vamos entendiendo con la inclusión de flashbacks que hacen avanzar la historia con una fluidez y complejidad admirable; con el perfectamente recreado envoltorio de ese Mediterráneo de naranjos  y casas de diseño con vistas al mar, pero también de puticlubs y juzgados, de solares por construir y clubs de fútbol donde lavar dinero, de yates donde cerrar tratos y crematorios donde hacer desparecer verdades. Como en una tal vez o no, exagerada versión de este país en sus últimos años.

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En House of Cards el protagonista no es un constructor avispado, sino un frustrado y desengañado congresista capado en sus aspiraciones políticas. Kevin Spacey, maravilloso cínico y descreído líder de la mayoría demócrata en el Congreso americano, habla a la cámara para desenmascarar los resortes del poder en Washington, de la misma manera que el objetivo de Crematorio nos los muestra en Misent. Aquí sin embargo el tono busca ser en primera persona, para acercar la venganza al espectador y que este la haga suya. Y lo consigue.

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Somos Spacey cada vez que lidera una negociación entre tiburones, cada vez que estrecha una mano de un pobre votante para deshacer un entuerto, cada vez que juguetea con Zoey y conspiran mutuamente en un juego de ambiciones y pulsiones inconfesables, cada vez que intuye el engaño de su fría y calculadora mujer (magnífica Robin Wright) con el atractivo artista, cada vez que disfruta una de sus victorias masticando costillas en un callejón. La serie, dirigida por el director de Seven, David Fincher, se mueve entre una atmósfera oscura y cargada de calles angustiosamente solitarias y personajes en el filo de sus emociones, a punto de precipitarse a un no buscado vacio emocional. Es un escenario desprovisto de la luz del mar valenciano; ensombrecido por la deriva egoísta de personajes que no buscan, sino que deambulan por el hecho de conseguir una victoria que alimente sus egos, que les redima de sus intuidos demonios internos.

Aun con ello, todas y cada una de sus criaturas nos parecen entendibles, defendibles, amables en último término. Como si en algún momento no pareciera tan malo construir sin licencias o engañar ancianos por un mísero voto. Culpa de quien los escribe y los interpreta. De quien los admiramos por suerte, solo desde un sillón.

Canal+ emite House of Cards todos los jueves a las 21:30.

Crematorio se puede ver desde su servicio de VOD gratis en Yomvi

El especial de viajes del New York Times para este año 2013 colocaba a Burgos como la única capital española en su lista de 45 sitios a visitar en el mundo durante este año. La ciudad del Cid ha sido elegida además Capital Gastronómica en España destacando su interesante mezcla entre la tradición de los asados castellanos y la revolución culinaria que muchos de sus cocineros están planteando en sus restaurantes.

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Aprovechando este destacado tirón mediático y marketiniano, Burgos recupera este fin de semana una iniciativa novedosa que ya pusieron en marcha en otoño y que pude disfrutar entonces, por cortesía de mi alter ego.

Devoraburgos es un compendio de actividades alrededor de la gastronomía y la cultura. Una sensacional aproximación al conocimiento de las pequeñas ciudades españolas que guardan tesoros, una vuelta de tuerca a la promoción clásica basada en la tradición y en este caso en su maravilloso patrimonio catedralicio.

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En primer lugar, oferta la posibilidad de hacer noche en prácticamente todos los hoteles de la ciudad por solo 50 € la habitación desayuno incluido. Una autentica ganga para bolsillos en crisis.

Íntimamente ligado a ello, menús específicamente creados para la ocasión por 25 € persona con vinos de la tierra (Ribera del Duero o Arlanza) incluidos. Y por si alguien es amante de esa tradición tan nuestra de comer o cenar de pie, han creado el MiniDevora con tapas realmente cuidadas y sorprendentes en numerosos bares de la ciudad . Tan solo2,5 € vino o cerveza incluido.

De mi experiencia anterior, aconsejo el hotel Abba Burgos que además cuenta con una piscina interior donde relajarse y un maravilloso restaurante de autor, donde exploran todo tipo de detalles. Para tapear cualquiera de las opciones cerca de la Catedral o la Casa del Cordón son buenas elecciones.

La iniciativa, que se desarrolla durante este fin de semana, incluye además la posibilidad de realizar visitas guiadas a las bodegas de la zona por el irrisorio precio de 10 €. Opciones donde arquitectura y sofisticación se unen como en Bodegas Portia diseñada por Norman Foster u otras para acercarse a la tradición de bodegas familiares como Prado Rey o Monte Aman son buenísimas opciones para la mañana del sábado o el domingo.

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La iniciativa no termina aquí e incluye diálogos en el Auditorium de su magnífico Museo de la Evolución, sobre la relación entre la gastronomía y el mundo de la cultura.

En otoño pudimos disfrutar de un muy interesante encuentro entre Andoni Luis Aduriz del restaurante Mugaritz y Quique Dacosta flamante tres estrellas Michelin en su restaurante de Denia, con Juan Luis Arsuaga el director de la también cercana y muy atractiva visita a los Yacimientos de Atapuerca. Allí asistimos a una amena y divertida reflexión sobre la evolución humana y la gastronomía, y a la relación en la que se mueven algunos de los más famosos restaurantes de nuestro país, vinculando sus creaciones culinarias con su territorio; una extrapolación de aquellos primeros hombres agricultores que asentaron la civilización humana tal y como hoy la conocemos y de la que tanto se ha ido investigando desde los descubrimientos arqueológicos cercanos a Burgos.

Porque además la iniciativa ofrece la posibilidad de obtener precios reducidos en los dos magníficas y principales atracciones turísticas de la ciudad burgalesa. Por un lado, su majestuosa Catedral que hizo de Burgos Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 1984. Impresionante y completísima la visita guiada para descubrir la más delicada y profusamente ornamentada catedral de nuestro gótico; emocionante en su historia y epatante en sus magnificas capillas de ostentosa decoración.

Por otro su moderno, didáctico e instructivo Museo de la Evolución, surgido al amparo de los yacimientos descubiertos en Atapuerca y que hace un prolífico recorrido por las etapas del hombre desde sus primeros vestigios hasta nuestros días. Un recorrido apto para toda la familia y en la que ningún viajero podrá aburrirse.

Devoraburgos completa su programa con sesiones de Showcooking en directo en la mañana del domingo y actividades para niños, así como una interesante feria de las principales bodegas de la zona de la Denominaciones de Origen Arlanza y Ribera del Duero.

En general, una maravilloso acercamiento a una ciudad muchas veces desconocida y con la que empezar con buen pie estas vacaciones de Semana Santa

Mas Info en

www.burgos25.com

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