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Posts Tagged ‘pelis de jose sacristán’

Ambivalencia. Un paseo entre la admiración y la repugnancia, entre el aplauso y la nausea. Diferente, atrevida, valiente y fallida. Eso me parece, Madrid 1987.

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Lo bueno de Canal+Yomvi  es no tener que ver cine absolutamente novedoso. Quiero decir, hacerlo con cuatro o cinco meses de diferencia, con la suficiente distancia para que publicidades, entrevistas, alfombras rojas y guiños de amiguetes no interfieran en las sensaciones. Además permite el sano ejercicio del escape de todo aquello estrictamente de moda; locales donde ir, películas que ver, canciones que escuchar. Como una especie de disfrute a contracorriente o de postureo anticomercial. Y solo cuesta 20 euros al mes.

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Lo malo es que en los maravillosos Ipads la imagen de vez en cuando se para y uno se cabrea con el mundo y con Telefónica que para eso no es quien me paga y del que depende la vieja central telefónica que me jode los nervios. Sin embargo hay algo en esa experiencia que devuelve el cine a su esencia primera, a la pintura, a la fotografía, a las imágenes quietas donde descubrir los matices de la actuación, la dificultad de los gestos medidos buscando sentimientos, la naturalidad de aquellos que interpretan como funambulistas sin red, como concertistas de violín sin margen de error, como amasadores de pan de amaneceres.

Eso me ocurre en los primeros minutos de Madrid 1987, la última peli del pequeño de los Trueba, David. Contemplo el rostro castigado y sabio de Pepe Sacristán al que sin voz parecen acabársele los recursos, como si tornara en un secundario más, desprovisto de esa actuación tan discursiva que uno no sabe si viene del texto o de los colores de su garganta. Y veo la cara perfilada de María Valverde, sus perpetuas ojeras y esa mirada entre el desvalimiento y la picardía de la más lista de la clase- lejos aquí de sus esforzadas recreaciones para adolescentes junto al insufrible buenrollista de Mario Casas, ya en novio ficticio o real, agarrado a una moto o a un coche furioso y copión de lo más yanqui; bajando de esa mula guerro-civilesca de la que uno cree que en cualquier momento descabalgará un Hombre de Paco o un naufrago de un barco.

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María tiene ese rostro que uno asocia al canon de belleza de una generación, entre la soberbia y el desvalimiento, como una Kate Moss hispana entre la intelectualidad y Calvin Klein, entre la sosería de Hoss y la valentía de una niña de colegio de monjas cogida a la espalda de un  motero.

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La historia me recuerda lo que aborrezco las pelis discursivas- inevitable aquí en ese viaje entre Sacristán y el a todas luces reconocible retrato de Paco Umbral en su vena más verborreica y pedante. Me devuelve a ese Martin Hache de Aristarain que tan lejos me pareció siempre de una mis tres pelis favoritas de todos los tiempos. Ese sensible relato llamado Un lugar en el mundo, donde el maestro Sacristán se comía la pantalla cuando sugería a borbotones en ese espléndido retrato de amores soterrados con Cecilia Roth.

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Chirría además el acercamiento a una historia, que en la genealogía fraternal de los Trueba,  es dulce y casi místico en El artista y la modelo de Fernando y que aquí se convierte en un tufo pretencioso para pajilleros cool, con aristas que si fueran escritas o dirigidas por alguien más allá del protegido mainstream de la progresía patria, acabarían en apologías de temas más que escabrosos. Ese enfermizo encierro entre el crepuscular periodista y la estudiante entregada, roza escenarios de cierta vergüenza pese a la pretendida verdad o autoexplicación de la historia. Desbarra y da un poco de grima.

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Sin embargo e indefectiblemente unido a ello, hay un momento para la admiración de una peli más que valiente que se adentra en escenarios difícilmente defendibles, en el retrato de personajes que buscan una identificación que el director conoce es más que compleja. Y eso me parece honesto y transgresor.

Las actuaciones, en ese fino alambre entre la genialidad y el bochorno, dan verdad a un texto más teatral que cinematográfico y que se mueve siempre en el balancín de lo irrisorio, en la apuesta de un francotirador con poco complejo, si acaso  el de no resultar excesivamente sensible a base de referencias de putas, polvos, jadeos y gorilas. Ese sello tan típico de los Trueba de hacer gala de estar salido sin parecerlo demasiado. O al revés.

Así, mas allá de la dificultad del tema, debe reconocerse el maravilloso tour de force entre estos dos enormes actores, tan lejos por edad y tan cerca por talento y la aceptación de que la peli merece un visionado para inmiscuirse en los sentimientos encontrados que el guión genera en cualquier espectador; ese viaje entre la comprensión y la grima que no es más que el principal argumento de cualquier obra artística. Esa idea de remover emociones, generar preguntas. Hacer dudar.

Esto, si en medio no hay pausa para gritar a la madre de Alierta porque el plano volvió a parecer de hace un siglo. Pintado y quieto.

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