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Posts Tagged ‘chefs televisvos’

Hay ocasiones en las que una visita a un restaurante se convierte en una experiencia que trasciende lo culinario, en un homenaje a los sentidos. Si además en ese restaurante ponen  todo el cariño del mundo para hacer sentir al visitante privilegiado y único, lo que queda antes de salir por la puerta, es dar las gracias, reconocer la excelencia y felicitar a los culpables.

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Eso es Coque, el magnífico restaurante de la familia Sandoval en el improbable destino gastronómico de Humanes, un pueblo al sur de Madrid. Concebido como un oasis del buen gusto en el lugar donde nacieron sus dueños, Coque es la evolución del negocio familiar llevado a las últimas cotas del refinamiento sensorial.

Coque es el orgullo de hacer de un pueblo insustancial, una obligada parada turística. Obligada entiéndase siempre que el bolsillo permita tamañas alegrías. Cumpleaños y generosidades de mi “otro yo” lo permitieron esta vez.

Coque es la coherencia de trabajar sobre productos que nacen al lado de sus mesas. Verduras sublimes del huerto familiar potenciadas en sabor al extremo de resultar inolvidables. Coque es el respeto a una historia y una tradición sin renunciar a la más absoluta modernidad en texturas y presentaciones y a la vez sin pretenciosidad ni vacios artificios de chef catódico.

Y además de todo ello, Coque es el cliente en el centro de todo. Y así la visita a su restaurante se convierte en una celebración que va de lo lúdico a lo didáctico, de lo imaginativo a lo terrenal, de la sorpresa a la admiración con mayúsculas. Una irrepetible sensación de ser dado de comer como un dios.

La visita está concebida como un momento para conocer que es este lugar, cuáles son sus bases y el por qué hacen lo que hacen; todo ello sin apartarse ni un momento del objetivo de  garantizar el goce del comensal, boquiabierto desde la entrada por su abigarrada puerta.

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En un recorrido lleno de sorpresas, comenzamos visitando una moderna y delicada bodega de suelo de cristal. Diseño limpio y minimalista donde reposan cientos de etiquetas a los ojos del cliente, a sus pies en algún caso. Botellas de todas las denominaciones de origen imaginables, añadas de hace más de un siglo, incunables del vino. Al fondo un barman oficiando tras una barra, prepara un coctel al instante. Sensacional y suave gintonic, sobre un delicado helado de lima que llega burbujeante al paladar. En mesas con dos sofisticados taburetes de diseño presentan una preciosa jaula de cristal, dentro de la que reposa un árbol de ramas metálicas en la que cuelgan cinco irresistibles aperitivos. Espumas de vino que se deshacen en la boca, una falsa corteza de cúrcuma, bombones de foie. Enamorados desde el comienzo.

Tras ello un camarero nos invita a tomar un ascensor con parada en  el corazón de Coque; su cocina. Aparecemos en el escenario donde surge todo. Unos diez cocineros afanados en el desarrollo de los menús, perfectamente ataviados de blanco impoluto operan delicadamente ante nuestros ojos. A los mandos el televisivo Mario Sandoval que nos saluda y charla con nosotros por unos minutos, sin prisa.

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Nos explica cómo funciona su casa con la calidez de quien maneja todos los resortes del trato personalizado con cada comensal. En el momento un aperitivo hecho in situ  termina el primer  acto. Una sardina parrocha presentada en lata de conserva con tomate confitado y ahumada en el acto con  un soplete que potencia el elemento mágico de la representación. Intensidad de sabor.

Nos despedimos de Mario y bajamos al comedor principal, donde el clasicismo cromático se funde con una apuesta de formas sencillas y agradables.  Nos disponen una mesa junto a un ventanal y elegimos el menú largo sin maridaje, que caben varias opciones. El precio es un escándalo de 110 €, pero una vez es una vez y ya subyugados es difícil decir que no.

Los platos van sucediéndose cadenciosos, acompañados de una explicación que a veces se hace necesaria para comprender el modo de saborear cada sorpresa. Bonsais de olivo de falsas ramas que son snacks de aceituna, excepcionales composiciones de verduras que resultan cuadros abstractos en el plato, de absoluto sabor y olor; recipientes de dobles fondos para comprender el bocado según se degusta, mariscos intensos, mar, juego, sorpresa. Vamos llevados de la mano por los quince inventos  adicionales en una balanza perfecta entre los entrantes más ligeros y las carnes más contundentes. Platos que no chirrían por su escasez, sino que permiten tomar plena noción de sus elaboraciones y matices.

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Sinfonías de crustáceos, gambas que sangran sobre epatantes y crujientes salmonetes, venado, cochinillo, ternera, espárragos, guisantes, zanahorias. Ensoñación.

A los postres descendemos a un nuevo comedor de marrones cálidos y butacones que parecen adormecernos. Bebidas añejas sobre vitrinas en elegante bengué. Luces atenuadas. Un suflé hecho en directo, texturas de chocolates, maracuyás, petit fours  sin fin…Cafés.

Llegamos al final con el asombro en la garganta y el convencimiento de la justicia de nuestro zarandeado bolsillo. Con la certeza de haber disfrutado de eso que llaman “algo más allá de la gastronomía”, con la voluptuosidad de los sentidos abiertos en canal por las manos de este equipo de magos que hacen honor a su fama de niños prodigio, a su condición de prestidigitadores de las emociones. Un diez.

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