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Archive for 23 junio 2013

Decía un antiguo profesor que ET se había convertido en un éxito planetario porque Spielberg había sabido transformar una peli sobre un extraterrestre feo y bajito en la historia de un niño que protege a un amigo. Contaba, que la capacidad del director de Tiburón de elevar a la máxima expresión un sentimiento tan reconocible y valorable como la amistad, encarnada además en una figura tan querible como la de Elliot, había dado la vuelta a la historia de las pelis de marcianos.

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Esta semana moría en Roma el maravilloso James Gandolfini, culpable de la creación del para mi mejor personaje de la historia de la televisión, Tony Soprano. Venía a cuento la referencia anterior pues creo que con Los Soprano ocurrió algo semejante a la historia de Elliot y ET. La diferencia es que si bien en el primer caso se podría atribuir la culpa en casi un cien por cien a Spielberg, la misma responsabilidad se puede decir la tuvo en el segundo, no el director de la serie, sino su intérprete principal, Gandolfini.

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El gordo Gandolfini convirtió el sólo una apuesta arriesgada de una cadena en crecimiento, HBO (recordemos, demasiados referentes cinematográficos sobre los que establecer comparaciones –Padrinos, Goodfellas– una nada comercial ni familiar idea la de una serie de gangsters italianos) en un éxito monstruoso de proporciones universales, en uno de los productos más exportados de la historia de la televisión, en un icono moderno.

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Y creo que se dio así porque la gente entendió el personaje de Tony como parte de sus contradicciones, de sus miserias, de sus alegrías y de sus anhelos. Viajando del tan lejano personaje de un gangster de apariencia ruda y bestial que imaginábamos capaz de destrozar la cabeza de un traidor con sus manazas, hasta aterrizar en  la vida de ese tipo sensible y psicótico, capaz de entrar en depresión por unos patos viajeros o de hacer de la vida un festival por un plato de albóndigas caseras.

En Tony Soprano– quizá el personaje con más matices y aristas de la historia moderna de la televisión- había un pedacito de cada uno de nosotros y a la vez un resquicio de todo aquello por lo que luchamos no ser. En esa dicotomía diabólica entiendo que se basó el triunfo absoluto de la serie.

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Con Tony sufrimos traiciones de amigos, y chantajes emocionales de hijos y familiares; paranoias propias curadas a golpe de diván, atracciones peligrosas y familias celebrando barbacoas, desvelos por la prole y mareos por el exceso de responsabilidad, lágrimas por lo que se van y por los que no fueron lo que creíamos que eran, amores románticos y partidos de fútbol entre cervezas, fantasías y orgullos, ganas de volver a ser niño y regresar a un pueblo con un playa grande junto al sol. Y de aquella manera casi nos olvidamos que aquel tipo rudo de ojos tristes al que llegamos a querer sin reparos, era capaz de estrangular a un enemigo con un cable metálico o de despedazar con una sierra metálica a un traidor o de no perdonar un  duro de una mordida. Porque eso David Chase se encargaba de recordárnoslo oportunamente para que no nos pusiéramos demasiado tiernos ni perdiésemos la perspectiva, para hacernos más dependientes de esa droga por capítulos de la que no nos constaba reconocernos adictos.

Tony Soprano es la demostración de que en toda obra artística lo impredecible es básico, en que el misterio hacia la evolución de ese adorable gordo cabrón nos cogía de la garganta y nos dejaba ante la pantalla horas y horas,  emocionados y boquiabiertos. Y la constatación de que encima no sabíamos porque sucedía.

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Los Soprano eran  las antípodas de esos telefilmes de Antena tres de final consabido y sonrojante o de las pelis románticas industrializadas donde todo lo conocemos nada más empezar. Como en un espejo de la existencia misma, allí no estaba el blanco y el negro que tan pocas veces aparece, sino los cientos de matices de grises jodidamente difíciles, los pasitos adelante y atrás, los miedos y las risas, las victorias y las frustraciones. El arte y la vida con maýusculas

Gracias por tantos momentos de felicidad, gordo cabrón.

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Hay ocasiones en las que una visita a un restaurante se convierte en una experiencia que trasciende lo culinario, en un homenaje a los sentidos. Si además en ese restaurante ponen  todo el cariño del mundo para hacer sentir al visitante privilegiado y único, lo que queda antes de salir por la puerta, es dar las gracias, reconocer la excelencia y felicitar a los culpables.

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Eso es Coque, el magnífico restaurante de la familia Sandoval en el improbable destino gastronómico de Humanes, un pueblo al sur de Madrid. Concebido como un oasis del buen gusto en el lugar donde nacieron sus dueños, Coque es la evolución del negocio familiar llevado a las últimas cotas del refinamiento sensorial.

Coque es el orgullo de hacer de un pueblo insustancial, una obligada parada turística. Obligada entiéndase siempre que el bolsillo permita tamañas alegrías. Cumpleaños y generosidades de mi “otro yo” lo permitieron esta vez.

Coque es la coherencia de trabajar sobre productos que nacen al lado de sus mesas. Verduras sublimes del huerto familiar potenciadas en sabor al extremo de resultar inolvidables. Coque es el respeto a una historia y una tradición sin renunciar a la más absoluta modernidad en texturas y presentaciones y a la vez sin pretenciosidad ni vacios artificios de chef catódico.

Y además de todo ello, Coque es el cliente en el centro de todo. Y así la visita a su restaurante se convierte en una celebración que va de lo lúdico a lo didáctico, de lo imaginativo a lo terrenal, de la sorpresa a la admiración con mayúsculas. Una irrepetible sensación de ser dado de comer como un dios.

La visita está concebida como un momento para conocer que es este lugar, cuáles son sus bases y el por qué hacen lo que hacen; todo ello sin apartarse ni un momento del objetivo de  garantizar el goce del comensal, boquiabierto desde la entrada por su abigarrada puerta.

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En un recorrido lleno de sorpresas, comenzamos visitando una moderna y delicada bodega de suelo de cristal. Diseño limpio y minimalista donde reposan cientos de etiquetas a los ojos del cliente, a sus pies en algún caso. Botellas de todas las denominaciones de origen imaginables, añadas de hace más de un siglo, incunables del vino. Al fondo un barman oficiando tras una barra, prepara un coctel al instante. Sensacional y suave gintonic, sobre un delicado helado de lima que llega burbujeante al paladar. En mesas con dos sofisticados taburetes de diseño presentan una preciosa jaula de cristal, dentro de la que reposa un árbol de ramas metálicas en la que cuelgan cinco irresistibles aperitivos. Espumas de vino que se deshacen en la boca, una falsa corteza de cúrcuma, bombones de foie. Enamorados desde el comienzo.

Tras ello un camarero nos invita a tomar un ascensor con parada en  el corazón de Coque; su cocina. Aparecemos en el escenario donde surge todo. Unos diez cocineros afanados en el desarrollo de los menús, perfectamente ataviados de blanco impoluto operan delicadamente ante nuestros ojos. A los mandos el televisivo Mario Sandoval que nos saluda y charla con nosotros por unos minutos, sin prisa.

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Nos explica cómo funciona su casa con la calidez de quien maneja todos los resortes del trato personalizado con cada comensal. En el momento un aperitivo hecho in situ  termina el primer  acto. Una sardina parrocha presentada en lata de conserva con tomate confitado y ahumada en el acto con  un soplete que potencia el elemento mágico de la representación. Intensidad de sabor.

Nos despedimos de Mario y bajamos al comedor principal, donde el clasicismo cromático se funde con una apuesta de formas sencillas y agradables.  Nos disponen una mesa junto a un ventanal y elegimos el menú largo sin maridaje, que caben varias opciones. El precio es un escándalo de 110 €, pero una vez es una vez y ya subyugados es difícil decir que no.

Los platos van sucediéndose cadenciosos, acompañados de una explicación que a veces se hace necesaria para comprender el modo de saborear cada sorpresa. Bonsais de olivo de falsas ramas que son snacks de aceituna, excepcionales composiciones de verduras que resultan cuadros abstractos en el plato, de absoluto sabor y olor; recipientes de dobles fondos para comprender el bocado según se degusta, mariscos intensos, mar, juego, sorpresa. Vamos llevados de la mano por los quince inventos  adicionales en una balanza perfecta entre los entrantes más ligeros y las carnes más contundentes. Platos que no chirrían por su escasez, sino que permiten tomar plena noción de sus elaboraciones y matices.

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Sinfonías de crustáceos, gambas que sangran sobre epatantes y crujientes salmonetes, venado, cochinillo, ternera, espárragos, guisantes, zanahorias. Ensoñación.

A los postres descendemos a un nuevo comedor de marrones cálidos y butacones que parecen adormecernos. Bebidas añejas sobre vitrinas en elegante bengué. Luces atenuadas. Un suflé hecho en directo, texturas de chocolates, maracuyás, petit fours  sin fin…Cafés.

Llegamos al final con el asombro en la garganta y el convencimiento de la justicia de nuestro zarandeado bolsillo. Con la certeza de haber disfrutado de eso que llaman “algo más allá de la gastronomía”, con la voluptuosidad de los sentidos abiertos en canal por las manos de este equipo de magos que hacen honor a su fama de niños prodigio, a su condición de prestidigitadores de las emociones. Un diez.

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Alguien dijo que los paraísos mayores son los más cercanos , los más fáciles de convertir en rutinarios y asimilarlos como propios, los no por escondidos capaces de alterar nuestra alma sin discontinuidades, con un cierto halo de pertenencia.

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Hace unas semanas descubrí con mi alter ego, uno de esos paraísos a los que quiero volver para quedarme un trozo, para despojarlo de magia y llenarlo de agujeros de asombro, de partículas de ensimismamiento, de silencio.

En los ya lejanos noventa un anuncio de coches regaló al público, un abuelo que entre muros de piedra y pucheros  quedaba asombrado ante la visita de los dueños de un robusto cuatro por cuatro y preguntaba aquello de “¿Y Franco que dice de esto?” “¿Y el Madrid otra vez campeón de Europa?”.

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Aquella escena, contaban los realizadores del spot, había surgido tal cual, sin más artificios que el permiso posterior para grabar una conversación espontanea y entrañable de un señor que no había salido de su pueblo en al menos 30 años. Ese señor vivía en uno de los denominados pueblos negros de Guadalajara, ese cercano tesoro de tranquilidad y belleza que en respeto a su aislamiento muchos, hemos tardado en descubrir otros treinta años ó más.

La denominación de esta amalgama de aldeas del Norte de Guadalajara, proviene del uso casi exclusivo en la construcción de sus casas, de la pizarra; material omnipresente en su paisaje que forma cortantes montañas rodeadas de hayas y pinos,  colosos que en la primavera y el otoño dan a estos pueblos, a más de mil metros de altitud, un aire de señorío y altivez, una suerte de trono inaccesible a la espera o de vuelta de los mas fríos inviernos de la península, esos que obligan a almacenar fabadas de nuevos anuncios, emociones que se congelan en la meteorología adversa del tiempo.

A los pies del pico Ocejón, que desde su majestuoso mirador nos llevará por las sendas del Macizo Central hasta La Pinilla (aquí se acunan los pueblos del sur de SegoviaRiaza y Ayllón, entre plazas con solera y lechosos y crujientes borreguitos de sueño eterno en un plato) nos encontramos con aldeas salpicadas entre valles, deliciosos ejemplos de armonía arquitectónica y cromática, frías fachadas de piedras en gris que se esconden entre álamos y chopos que las protegen, que se extasían con su serenidad.

El camino empieza  en  el pueblo de Tamajón. Un recorrido para el goce de motoristas y conductores sensibles que va dejando atrás bosques territorio de zorros y corzos, abrigo de cazadores de madrugada y ermitas del primer románico, pasos de otro tiempo enmarcados en un aroma de tomillo y chimenea.

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Hay muchos pueblos después y algunos de excepcional belleza, como Campillo de Ranas, al pie del coloso, intrincado de forma salvaje entre la frondosidad de sus campos, de casas bajas que en sus tejados oscuros se confunden con el verde de la naturaleza desbordada, de calles serpenteantes y  coquetas plazas conformando una bucólica estampa de sonoridad infinita, de amores atemporales por celebrar

Pasando por Majalrayo, recio y elevado a los pies del río, de hogares antiguos y tradiciones. Orgulloso en el sostén sus muros tras inviernos que aquí dicen no son lo que eran, humeante  en su despertar a los primeros rayos de sol que aquí parecen de una intensidad despojada de filtros urbanos.

Y terminando en Valverde de los Arroyos, en lo alto de una colina, divisando privilegiado la montaña, dándole la mano desde sus prados impolutos, perfecto balanceo para el descanso sin aditivos, bañado por cascadas que en afán de anonimato solo son chorreras, como si entre sus parroquianos hubiesen decidido que el gran público no les perturbe, negándoles la importancia de su inconmensurable belleza.

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No dejamos de admirar en cada uno de ellos, el funambulista ejercicio de su piedra oscura para tallar irregulares estampas de construcciones que acunan nuestra mirada entre la tradición y el diseño, entre la grandiosidad de la naturaleza aquí agreste y la maestría del hombre que la domina y la embellece; en el equilibrio inestable de formar parte de estos parajes sin alardes, con el respeto de quien contempla un lugar privilegiado y comprende que solo puede tomar parte desde la simetría imposible, desde el cincel de quien moldea la piedra para tallar un efebo y luego esconderlo, como si en cada uno de aquellos ancianos de anuncio se guardase el espíritu de quien balbucea sin saber que contestar, con la media sonrisa de quien guarda el mejor de los secretos.

Y ese mismo camino de sorpresas nos lleva hasta su mejor bosque, ese infinito Hayedo de la Tejera Negra, excelso en otoño y alegre y colorista en primavera.

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Dueño de rutas circulares junto a un rio juguetón y truchero,  oculto y visible a los pies de las hayas, enormes, singulares, refinadas, dándonos la bienvenida como si en el tiempo de espera nos hubiera construido un pasillo mágico de columnas delgadísimas que llegan al cielo, serpenteando con sus hojas entre reflejos dorados de un tintineo de sol, haciéndonos sonreír.

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