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Archive for 13 abril 2013

Hay lugares que nos gustarían que fueran secretos, propios. Descubrimientos que desearíamos permaneciesen en nuestra esfera mas intima para disfrutarlos sólo cuando y con quien queramos. Playas recónditas, miradores de cine, puestas de sol a medida, pueblos inaccesibles. Hay un trocito en cada una de nuestras almas que nos pertenece a modo de particular usucapión, que decían los romanos. Por la primera conquista, por ser el más listo de los aventureros, el más osado de los sensibles, el más silencioso de los emocionados.

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Imagino que no habré sido el primero en tener esta sensación en Montia– un pequeño restaurante en San Lorenzo del Escorial– que dispara el deseo de resguardarlo, de taparlo con un manto invisible y hacer que lo abran bajo petición, que nos los escondan. Sin embargo me puede el deseo de compartir un proyecto tan personal y admirable y hacer que llegue a los demás. Desde el asombro del envidioso que se siente mecido en esta sala de paredes blancas y maderas cálidas, desde el deleitado paladar de aquel al que le cuenten una historia mientras le arropan entre sorpresas exquisitas, desde el reloj que aguarda una, dos , hasta tres horas para volver a la realidad mucho más prosaica y en blanco negro que el balanceo meloso y juguetón que hay entre sus manteles. Todo eso me habría querido quedar para mí,  pero sus dueños merecen que muchos más  compartan mis emociones.

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Montia es la apuesta de dos- supongo treinteañeros- curtidos en cocinas de relumbrón, investigadores de sabores nítidos en las raíces locales de sus productos, obstinados en devolver sobre una mesa lo que sus tierras más cercanas proporcionan en bruto. Y haciéndolo con la mayor de las delicadezas y sofisticaciones.

Además de  ello, en Montia todo esto se hace a un  precio irrisorio para lo que ofrecen.

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De Montia uno sale con la sensación de haber sido estafado en el 99% de los restaurantes a los que normalmente acude. En cualquier sala madrileña de medio nivel un pescado cuesta lo que Montia ofrece en todo su majestuoso menú degustación. Y como lo ofrecen!!!!

En Montia no hay carta, lo que debe suponer un aviso para aquellos que busquen un lugar al uso donde elegir entre un solomillo y un entrecot. La película aquí no va de eso. Solo recibes dos opciones- un menú corto con tres aperitivos, cuatro platos, una degustación de quesos y un postre- y uno largo al que se le añade un plato y un postre más. El primero cuesta 25 €, el segundo 35. Existe además la opción de un maridaje por 12 € adicionales con vinos curiosos y escogidos con mimo que se renuevan como el menú, con una cadencia casi diaria.

De mi experiencia hace un mes- que en nada coincidirá imagino con la que pueda tener la próxima vez que tengan una mesa libre- sólo puedo recordar acabados sublimes, texturas perfectas y sabores nítidos. Comenzando con una suave cerveza artesana y unos panes ecológicos de primer nivel, hasta tres deliciosos aperitivos donde la interpretación cremosa de un mejillón tigre de toda la vida resultaba epatante. Le siguió una ligera pero llena de sabor ensalada con tomates confitados, crema de queso de cabra y anguila ahumada, para pasar a un sorprendente revuelto de huevo de oca con morcilla, delicado, original y a la vez contundente. Buenísimos bacalaos y rabo de toro posteriores y sublime tras el surtido de quesos de la sierra con sus acompañamientos, el mousse de requesón, con helado de manzana, mermelada de frambuesa y migas de polen de abeja. Un diez como colofón.

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El servicio es esmerado y se agradece la sencillez y juventud de todos los que forman parte del proyecto. El salón-pequeño, solo ocho mesas- original, minimalista pero acogedor, y los detalles de una alta honestidad. Maravillosa agua de la sierra sin recurrir a las no mejores y cobradas minerales de turno, el servicio sin coste y el café  italiano hecho al momento en cafeteras individuales. Se puede pedir más? Es imposible.

Como sigo moviéndome entre la necesidad de este post y el arrepentimiento por ello, no dejaré ni dirección, ni teléfono ni nada más. Solo los elogios, seguro que cortos. Para el resto ya existe Internet y las ganas de descubrir. Aunque os recuerdo que este sitio es mío.

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Veo en Internet a Blanca Suarez en la inauguración en Madrid de la nueva tienda de Emporio Armani. Pone caritas junto a un zapato imagino que carísimo; posa divertida junto a una rubia oxigenada y petarda; no para de sonreír bajo su flequillo de niña bien justamente salvaje. La veo en el supercartel del Corte Inglés, en la fiesta de los Goya con bigote, en la mayoría de las revistas del quiosco, en anuncios, en un coctel, en todas partes. Creo que ha dejado de ser una actriz talentosa para mutar en un personaje imaginario dotado de ubicuidad, una especie de Jesucristo con los ojos perfectos y sonrisa profident, un elemento más en ese mundo irreal y antojadizo donde todo parece de plástico y naif.

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No sé hasta qué punto esta chica se da cuenta de todo ello, de la sobreexposición constante y cansina aun en el caso de las caras más bonitas.  Imagino que por detrás, alguien -agentes, representantes, asesores- decidirá de ese modo extraño en que entienden las matemáticas del éxito, asidas sin reparos a los céntimos de sus ojos, a su flequillo guardando cheques de varios ceros, a ese encanto neuronal en pseudodestrucción, avaricioso entre bombones de foie y piruletas de wasabi.

Junto a ella, en lo de la tienda, esa tribu inexplicable de blogueros de moda, a los que uno les gustaría aplicar la terapia de Bardem en No es país para viejos, antes de que salgan despavoridos jurando por la it girl de moda o la madre que la parió. Esos nombres imposibles que escucho en todos lados sin haber demostrado jamás nada más allá de combinar cuatro colores o distinguir un tejido natural de uno sintético. Que cojones.

Una gran amiga que trabaja en esto de la moda se vuelve loca si la mujer de Bustamante lleva una camisa suya. Y seguro que lo hace llena de razón. Del mismo modo imagino que  habrá gente a la puerta de su casa esperando que la siempre educada y angustiosamente perfecta Paula le dedique un minuto de su cuerpo para expandir el negocio. De traca.

De vuelta a casa, un tipo interrumpe el silencio del vagón jurando que ha sido autónomo dieciocho años, que le aterra pedir a gritos, y que lo hace porque no ha querido dejar en la estacada a ocho familias tras la quiebra de su negocio de reformas industriales. El pobre hombre, al que la parroquia escruta su vestimenta no muy diferente a la de cualquiera de los que observamos, nos acerca a esa crisis del vecino de al lado con jersey de marca y zapatos de cordones, de sueños acabados que terminan en un cercanías, de negocios rimbombantes que fueron y que hablan de alicatar baños, cambiar mamparas o atornillar proyectos vitales a cambio de unos euros de perdedor.

Pienso en esta dinámica de ganadores y vencidos; desde el sonido que interrumpe el discurso de este hombre aseado hasta la princesa amarrada a un zapato sonriendo; este teatrillo de luces y sombras que dibuja fronteras tan difusas y acojonantes. Rápidas como tres paradas de Renfe, como el correr hasta el siguiente vagón para repetir una historia increíble.

En el periódico leo como Sara Montiel recordaba haber conseguido su sueño de infancia de haber llegado a ser muy famosa; cómo Margaret Thatcher no volvió la vista hacia sus hijos el día que corriendo tras el coche se intentaban acercar a la que sería la siguiente ocupante de Downing Street. Como si en ese camino no hubiese nada entre medias.

Pienso en que tras cada voluntad obstinada hay un principio de patología, de afecto malentendido, de capricho iniciático imposible de soslayar, de pequeña ventana a la soledad y la tristeza. Pienso en ganar y en perder, en los autónomos atrevidos y las actrices que no comen canapés por la línea. En que nadie pueda ir en Cercanías a una fiesta de Armani y en toda esa gente que le suda los cojones la calle Serrano porque están inventando el discurso de mañana. Como si fuesen Saritísima o la Dama de Hierro. Pero sin focos.

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