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Alguien dijo que los paraísos mayores son los más cercanos , los más fáciles de convertir en rutinarios y asimilarlos como propios, los no por escondidos capaces de alterar nuestra alma sin discontinuidades, con un cierto halo de pertenencia.

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Hace unas semanas descubrí con mi alter ego, uno de esos paraísos a los que quiero volver para quedarme un trozo, para despojarlo de magia y llenarlo de agujeros de asombro, de partículas de ensimismamiento, de silencio.

En los ya lejanos noventa un anuncio de coches regaló al público, un abuelo que entre muros de piedra y pucheros  quedaba asombrado ante la visita de los dueños de un robusto cuatro por cuatro y preguntaba aquello de “¿Y Franco que dice de esto?” “¿Y el Madrid otra vez campeón de Europa?”.

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Aquella escena, contaban los realizadores del spot, había surgido tal cual, sin más artificios que el permiso posterior para grabar una conversación espontanea y entrañable de un señor que no había salido de su pueblo en al menos 30 años. Ese señor vivía en uno de los denominados pueblos negros de Guadalajara, ese cercano tesoro de tranquilidad y belleza que en respeto a su aislamiento muchos, hemos tardado en descubrir otros treinta años ó más.

La denominación de esta amalgama de aldeas del Norte de Guadalajara, proviene del uso casi exclusivo en la construcción de sus casas, de la pizarra; material omnipresente en su paisaje que forma cortantes montañas rodeadas de hayas y pinos,  colosos que en la primavera y el otoño dan a estos pueblos, a más de mil metros de altitud, un aire de señorío y altivez, una suerte de trono inaccesible a la espera o de vuelta de los mas fríos inviernos de la península, esos que obligan a almacenar fabadas de nuevos anuncios, emociones que se congelan en la meteorología adversa del tiempo.

A los pies del pico Ocejón, que desde su majestuoso mirador nos llevará por las sendas del Macizo Central hasta La Pinilla (aquí se acunan los pueblos del sur de SegoviaRiaza y Ayllón, entre plazas con solera y lechosos y crujientes borreguitos de sueño eterno en un plato) nos encontramos con aldeas salpicadas entre valles, deliciosos ejemplos de armonía arquitectónica y cromática, frías fachadas de piedras en gris que se esconden entre álamos y chopos que las protegen, que se extasían con su serenidad.

El camino empieza  en  el pueblo de Tamajón. Un recorrido para el goce de motoristas y conductores sensibles que va dejando atrás bosques territorio de zorros y corzos, abrigo de cazadores de madrugada y ermitas del primer románico, pasos de otro tiempo enmarcados en un aroma de tomillo y chimenea.

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Hay muchos pueblos después y algunos de excepcional belleza, como Campillo de Ranas, al pie del coloso, intrincado de forma salvaje entre la frondosidad de sus campos, de casas bajas que en sus tejados oscuros se confunden con el verde de la naturaleza desbordada, de calles serpenteantes y  coquetas plazas conformando una bucólica estampa de sonoridad infinita, de amores atemporales por celebrar

Pasando por Majalrayo, recio y elevado a los pies del río, de hogares antiguos y tradiciones. Orgulloso en el sostén sus muros tras inviernos que aquí dicen no son lo que eran, humeante  en su despertar a los primeros rayos de sol que aquí parecen de una intensidad despojada de filtros urbanos.

Y terminando en Valverde de los Arroyos, en lo alto de una colina, divisando privilegiado la montaña, dándole la mano desde sus prados impolutos, perfecto balanceo para el descanso sin aditivos, bañado por cascadas que en afán de anonimato solo son chorreras, como si entre sus parroquianos hubiesen decidido que el gran público no les perturbe, negándoles la importancia de su inconmensurable belleza.

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No dejamos de admirar en cada uno de ellos, el funambulista ejercicio de su piedra oscura para tallar irregulares estampas de construcciones que acunan nuestra mirada entre la tradición y el diseño, entre la grandiosidad de la naturaleza aquí agreste y la maestría del hombre que la domina y la embellece; en el equilibrio inestable de formar parte de estos parajes sin alardes, con el respeto de quien contempla un lugar privilegiado y comprende que solo puede tomar parte desde la simetría imposible, desde el cincel de quien moldea la piedra para tallar un efebo y luego esconderlo, como si en cada uno de aquellos ancianos de anuncio se guardase el espíritu de quien balbucea sin saber que contestar, con la media sonrisa de quien guarda el mejor de los secretos.

Y ese mismo camino de sorpresas nos lleva hasta su mejor bosque, ese infinito Hayedo de la Tejera Negra, excelso en otoño y alegre y colorista en primavera.

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Dueño de rutas circulares junto a un rio juguetón y truchero,  oculto y visible a los pies de las hayas, enormes, singulares, refinadas, dándonos la bienvenida como si en el tiempo de espera nos hubiera construido un pasillo mágico de columnas delgadísimas que llegan al cielo, serpenteando con sus hojas entre reflejos dorados de un tintineo de sol, haciéndonos sonreír.

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