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Archive for 18 noviembre 2012

Acabo de ver en el cine la última de Trueba, “El artista y la modelo” y reconozco que he salido hechizado. Rodada en francés y en blanco y negro, la peli es posiblemente la más personal del director de Opera Prima. Sin embargo ha sido su “tempo” lo que me ha hecho recordar mi adoración por esas pelis “lentas” que a algunos exasperan y a otros nos enganchan en la butaca devolviéndonos casi, a otra realidad. Esas que me han generado las emociones más intensas en una sala sin luces.

Creo que el cine es un juego formal en el que la decisión de con que ritmo se narra una historia, constituye el mayor acercamiento artístico por parte de su autor. El tiempo se cuenta desde la elección de cada plano, desde su duración, desde el modo en que se mueve la cámara,  desde la forma en que el montaje se cierra, desde la banda sonora que envuelve las escenas. Y a mí ese tiempo me gusta lento.

En la nómina de pelis y directores que siguen ese camino hay nombres que algunos de solo contarlos les invitan a no pagar la entrada y que en mi caso se encuentran en el altar de lo irreconocible, en mi baúl de secretos poco confesables

Sofía Coppola hacía un maravilloso ejercicio de peli lenta, de planos secuencia interminables y enfoques aparentemente sin contenido, en la preciosista y lírica “Las vírgenes suicidas”. Más tarde, sin remilgo alguno, era capaz de mostrar, durante casi dos minutos, la delicada dedicación de un grupo de mujeres japonesas con sus bonsais, en esa peli, biblia del rodar despacio, que es la increíble “Lost in Translation”.

Kristoph Kieslowsky, rodaba y escuchaba lento a Juliette Binoche en “Azul”, mientras la protagonista se recuperaba de la muerte de su hija y su marido. Y el juez y la modelo de” Rojo”, la tercera parte de la trilogía, se miraban y se querían como si tuvieran toda la eternidad para hacerlo, como si no estuviésemos escrutándolos en solo hora y media.

En la primera,  la pantalla se volvía azul en momentos y solo escuchábamos la insuperable banda sonora de Zbigniew Preisner, y así, ocurría por minutos; únicamente imagen y música,  más los sentidos; incluso en cada una de las películas, existía una escena en que una mujer intentaba introducir una botella en un contenedor de basuras que es todo un ejercicio de paciencia para el espectador. Y realmente aquello no se podía contar más deprisa o de otra manera.

Hay auténticos maestros de los planos infinitos y las secuencias en las que el espectador espera y espera hasta entender el sentido de la escena, y que solamente comprendemos cuando la obra deja un poso final, una sensación de haber jugado con nosotros hasta el desenlace para dejarnos con la boca abierta. Así ocurre en la obra maestra de Dreyer, “Ordet” donde uno se siente tan hechizado, que no acaba de comprender hasta el cierre,  por qué se preguntó tantas veces que ocurría realmente en esa película. O en el “Cuento de Otoño” de Rohmer donde los quince primeros minutos, la pantalla se llena de imágenes del campo en su esplendor sin que ocurra nada.

¿Alguien piensa que ese recurso no es de un estilismo formal buscado? ¿Que todo lo que con posterioridad se desencadena, no tiene que ver con ese comienzo pesado?

Algunos autores actuales manejan el recurso de modo magistral y han hecho  de ese tempo cadencioso su sello de identidad. Alexander Payne cuenta muy despacio “Entre Copas” y en ella parece que nada sucede hasta que fuera de la sala paladeamos que han ocurrido muchas , muchas cosas. En “Los descendientes” su última y genial película, observamos la isla de Hawai como en un ejercicio de postal para marcar el tiempo lento y asfixiante de la búsqueda desesperada y desasosegante del cornudo Clooney.

Clooney y compañía en “Los descendientes”

¿Alguien se imagina esa peli contada al ritmo de “Pulp Fiction” o de “Transpotting”?.

Cierto es, que en estos ejercicios estilísticos, en ocasiones tropezamos con auténticos sopores trufados de autocomplacencia u onanismos forzados. Rohmer tiene varios ejemplos en los que quedarse dormido como “El Rayo verde” o “Pauline en la playa”, o el muy pedante Angelopoulos que conseguía anestesiar salas completas con cosas como “La Mirada de Ulises”. O Terence Malick es más que aburrido en “La delgada línea roja” o en su celebrada “El árbol de la vida”

Pese a ello, yo admiro siempre esa apuesta por el cine contado de un modo tan opuesto a la rapidez de nuestra vida cotidiana, al impulso vertiginoso de los acontecimientos, a las mil formas de comunicación y de recibir información de este mundo hiperconectado en red; el mismo donde el paladeo es algo tabú y la inmediatez es norma.

Al fin y al cabo el cine se inventó para hacernos soñar y los sueños nunca tienen el tiempo de lo que nos ocurre

Mis adorados Belle&Sebastian cantaban y cantan despacio y a Eric Clapton siempre le llamaron mano lenta; así que lo digo muy alto.

“A mí  esto me gusta lento”

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La calle Doctor Castelo es un sonido de mi niñez. Cuando el Madrid ganaba sus dos últimas copas de la UEFA allá por mitad de los 80 y el futbol no se televisaba y había que oírlo con la radio pegada al moflete, un tipo llamado Héctor del Mar nos llenaba de gol el corazón con su garganta prodigiosa. En aquellos partidos siempre había un imborrable corte publicitario que anticipaba las hazañas de Butragueño y compañía

Restaurante la Hoja-Asturias en Madrid. Doctor Castelo 48.

Así, de algún modo, aquella calle siempre ha estado unida a la bendita sensación de los triunfos agónicos del equipo de los sueños de un niño. El marcharse a dormir dibujando el remate decisivo en el Bernabéu, el notar la hierba en las rodillas y el alma encogida. Todo eso es para mí, inconscientemente, la Calle Doctor Castelo.

Hoy, casi 30 años después la calle es posiblemente el mejor escaparate en Madrid para seguir otra liturgia casi tan obligatoria como el equipo de Chamartín. Tapear.

Al margen de los clásicos y referentes de la cocina asturiana en Madrid como Casa Portal con su imprescindible  tortilla con mucha cebolla y tomate muy desecho y el citado La Hoja, la calle se ha convertido en un corto pero excepcional exponente de la convivencia en nuestra ciudad de la tradición tabernaria con la llegada de un renovado concepto de aquello que hace ya siglos, nuestros antepasados solían pergeñar sobre una jarra de vino para evitar que perdiese el alcohol. Taparla.

En el numero 2, junto al Parque del Retiro, nació en el año 2009, Arzabal. Ese mismo año Metrópoli lo elegía restaurante revelación en Madrid y desde entonces, el camino de esta Taberna de nuevo cuño y cuidada estética,  ha sido tan exitoso que sus dueños replicaron el modelo al año siguiente con un local gemelo en la Avenida Menéndez Pelayo.

Al abrigo del Casón, Arzabal nos recibe con su cálida atmósfera de comedor francés cuidadamente modernizado, con sus grandes pizarras jugando con nuestra gula, con una pequeña barra gestionada con profesionalidad. En Arzabal, las raciones son medias o enteras, lo que se agradece en la purista tarea de tapear sin parar en exceso en cada estación del recorrido. Deliciosa torta de aceitao, gran burrata aliñada, espetos malagueños o en temporada grandiosos boletus que también se convierten en suculentas croquetas. Copas de vino con etiquetas clásicas y curiosas, conservas premium y un aire de renovación en la taberna que hace muy agradable su visita.

Subiendo desde la acera de los pares, en el numero 14  nos recibe La Taberna El Capricho. El Capricho es la recreación de esa taberna clásica de principios del siglo pasado, con candelabros de mimbre luciendo en ocre y grifos de cerveza metálicos donde espuma y agua juguetean buscándose. Aquí se viene a comer ibéricos y buenas raciones de pescado frito (adobos, boquerones, puntillitas). Tienen una excepcional brandada de bacalao y los postres no desentonan. Como hace cien años, también se pueden ver servilletas en el suelo y colas de gambas cocidas, como la metáfora de esa Heraclita ciudad que se balancea entre su abrazable historia y la alegría de la modernidad.

Si en el Capricho se comen pescados, en La Montería esa intención se convierte en Arte. En la Calle Lope de Rueda 35 justo enfrente de la anterior, el local ayuda desde 1963 al barrio del Retiro y Salamanca a ese ritual tan mágico que es el aperitivo; todo  sin haber perdido nunca un ápice del espíritu y la calidad con que fue creado. Monterías son aquí lo que en el resto de bares de la ciudad se llaman tigres y en su deleite se entiende porque en su barra adquirieron el derecho de denominación singular. Deliciosos mejillones desechos en besamel con su punto de tomate y vinagre exactos para llegar suntuosos a la boca, perfectamente dorados. Junto a ello algunas de las mejores frituras de la ciudad y excepcionales raciones de caza (perdiz, venado etc). Socarronería en la barra y profesionalidad por los cuatro costados, en un local invariablemente lleno donde hacerse un hueco para apoyar la caña espumosa se convierte también en un arte torero.

Solo subiendo ocho números desde El Capricho, en el 22 llegando a la perpendicular Narváez, La Castela nos recibe en su pequeña barra ofreciéndonos el que para algunos es el marisco más fresco de la ciudad. Atestado a la hora del aperitivo y los fines de semana, la parroquia viene a degustar aquí maravillosas gambas blancas, berberechos y almejas a un precio comedido, y percebes de destacable tamaño. Tiene una gran variedad de vinos servidos por copas y según los días elaboran también maravillosos guisos entre los que destacar sus insuperables garbanzos con langostinos.

Pero para la opinión de este cronista la estrella de la calle llegó hace menos de un año y está en el número 30, nada más pasar Casa Portal.

La Taberna Laredo ya tenía un local en la calle Menorca donde había conseguido un público fiel a base de un producto de calidad y un honesto tratamiento del género. Su local de Doctor Castello es una maravillosa vuelta de tuerca. Un espacio estéticamente intachable de formas sencillas y espacios diáfanos diseñado por el ubicuo Joaquín Torres, y coronado por una magnífica y modernísima barra en U en un elegante color negro.

El producto es el mismo que en Menorca pero el refinamiento en los acabados convierten a La Taberna Laredo en la que hoy por hoy es la mejor taberna para tapear en Madrid. Excepcionales croquetas de tomate y parmesano, tempuras crujientes y jugosas, desde verduras a cigalas en su punto perfecto, arrebatadora anguila sobre burrata cremosa, dados de rape fresquísimos, marisco de primera tratado con sencillez, una melosa carrillada de cerdo que se deshace en la boca, arroces en su punto perfecto y postres excelsos, como el pastel de chocolate con aceite de oliva.

El sitio está normalmente muy concurrido y reservar en el comedor del nivel superior es tarea de varias semanas, pero la visita y la caza de algún taburete merece la mejor de las paciencias , o como diría mi adorado Héctor del Mar la mejor de las gargantas clamando por ser atendida, como un gorgorito futbolero en Chamartín, como un postrero gol de Santillana.

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