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Archive for the ‘otros’ Category

Recuerdo nítidamente la noche en la que empecé a notar que me estaba quedando calvo. Estaba en Munich con unos amigos en una discoteca de esas de música industrial de principios del 2000 donde triunfaba la estética Rammstein y los sonidos ratoneros. Vamos, el típico antro al que nunca habríamos ido en Madrid  pero que tontería obligaba, intentábamos disfrutar como dignos y acomplejados europeos de segunda.

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Fue en uno de esos baños de grandes espejos en los que la extraña turba  contempla las ojeras devastadoras de los excesos premañaneros. Allí estaba yo, empapado de sudor, tratando de enjugar el calor a base de agua industrial del Rhin sobre mi cabeza, cuando aquello clareó hasta la alarma, de un modo hasta entonces no descubierto. Esa típica patada de “verdad verdadera” en la geta que de repente te vuelve sordo para ensimismarte en tu propia desdicha. Esa no vuelta atrás de la anatomía que te acongoja por minutos y te muestra el camino nítido para el resto de tu vida. Y encima en campo contrario y sin partido de vuelta.

Desde entonces, el jugar con los “mechones” ( pretérito concepto) para cubrir el área, desfilar los extremos para llegar hasta el corner, depurar el tapete, no celebrar conciertos para evitar calvas. Ese deseo de mudarse a la Peineta que nunca llega. Hasta hoy

Viene al patatal el recuerdo, observando a Mario Conde en la televisión. Defendiendo una vez más su historia de ángel caído del sistema opresor que no permite a los Robinhoods sin cuna acceder a las mieles de una sociedad libre y capitalista. Contemplando cómo en los últimos años su ineptitud para reconocer lo conocido, su papel más de villano que de victima, no es capaz de entender su imagen en los ojos de todos aquellos accionistas que le habrían pasado la pesada gomina por los mismos cojones.

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Leo en la prensa que el monstruo de Córdoba sigue sin reconocer el crimen abominable de sus dos pequeños hijos, que los Hermanos Musulmanes y Mursi no reconocen el gobierno de los militares laicos, que Rajoy y De Guindos siguen sin reconocer que el paro baja pero no se contrata ni un currito más, y me acuerdo de Mourinho en su discurso barato tras la final de Copa sin reconocer su fracaso, de Zapatero sin reconocer la crisis, de mi mismo sin reconocer esos “remolinos” de menos.

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Vivimos en la sociedad del no reconocimiento. No reconocemos fobias, adicciones, complejos; por no reconocer, algunos no reconocen siquiera el lugar donde viven por no parecer desclasados o demasiado ricos. Aficiones de dormitorio, filiaciones televisivas mal vistas, años en el calendario, falta de talla intelectual. De alguna manera la cultura del no reconocimiento es la cultura de la falsa y autoimpuesta perfección cotidiana, la exigencia de héroes de andar por casa y superpoderes comprobables cada media hora. Y las capas intuyo, casan mal con las inercias y las miserias semanales.

En cualquier empresa u organización actual el reconocimiento de un error o de un  fracaso se entiende como la antesala hacia la puerta de  salida o la caída en desgracia en la carrera profesional. Esa creencia de la no responsabilidad en los fallos, mueve muchas veces a la inacción, a la no asunción de riesgos, al no salir movido en la foto, a buscar culpables en los aledaños en el mejor de los casos, en el más cercano en el peor.

Y en nuestra historia de día a día nos damos así de bruces con una Gran hermano mas  poderoso que establece las costumbres de un modo soterrado y sordo, como el avance silencioso de una lengua glaciar aunque sin azules admirables, ni blancos karmicos. Un poco venerable instructor  que nos agarra la garganta y susurra.

-No fuiste tú joder, que ganarás mostrándote vulnerable. Los demás no lo harían

Así, en el desarrollo de este trasunto irracional descubrimos que nos despojamos cada vez más de la esencia de aquello que valoramos, de nuestra condición de personas con matices, debilidades, imperfecciones y taras. Maravillosos defectos que nos devuelven a la amabilidad de un gesto inoportuno, o de una sonrisa grande. Y de ese modo nos parece como si en cada uno de esos casos observáramos milagros mas que cotidianidades,  descubrimientos más que normalidad, películas de ciencia ficción que nos dejan la boca abierta.Sorpresas, sorpresas Y seguimos rodando.

Sin autocrítica  el problema del no reconocimiento va más allá de la mentira, pues a los ojos de los demás el que no reconoce lo obvio además de mentiroso es tonto.Y así imagino  vamos intentando que la tontería no nos salga por la nariz de un estornudo, o se nos quede atascada en el medio de una frase supuestamente brillante, o en los bordes de las pestañas mientras ponemos ojos de cordero por las injusticias de los Fmis, de los Marianos Rubios, de la UEFA, del stress, de la falta de ejercicio,  del exceso de gomina que te mató la raíz capilar, de que fueses un mandado vendiendo preferentes a ancianos.

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Fernando Alonso nunca entenderá porque en España se adora a Nadal y a Del Bosque mientras muchos tuercen el gesto al referirse a él. El coche se ha roto demasiadas veces por culpa de la mala planificación en pista, por un fallo mecánico, por un mal repostaje, porque querían más al otro piloto, por las ruedas, los alerones, el KERS y la novia de Hamilton. Don Vicente nunca preguntó porque el campo se le iba despejando dejando a los lados solo arcenes de Grecian2012. Un día salió en una rueda de prensa y reconoció que ellos habían sido mejores. Sin más.

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Veo en Internet a Blanca Suarez en la inauguración en Madrid de la nueva tienda de Emporio Armani. Pone caritas junto a un zapato imagino que carísimo; posa divertida junto a una rubia oxigenada y petarda; no para de sonreír bajo su flequillo de niña bien justamente salvaje. La veo en el supercartel del Corte Inglés, en la fiesta de los Goya con bigote, en la mayoría de las revistas del quiosco, en anuncios, en un coctel, en todas partes. Creo que ha dejado de ser una actriz talentosa para mutar en un personaje imaginario dotado de ubicuidad, una especie de Jesucristo con los ojos perfectos y sonrisa profident, un elemento más en ese mundo irreal y antojadizo donde todo parece de plástico y naif.

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No sé hasta qué punto esta chica se da cuenta de todo ello, de la sobreexposición constante y cansina aun en el caso de las caras más bonitas.  Imagino que por detrás, alguien -agentes, representantes, asesores- decidirá de ese modo extraño en que entienden las matemáticas del éxito, asidas sin reparos a los céntimos de sus ojos, a su flequillo guardando cheques de varios ceros, a ese encanto neuronal en pseudodestrucción, avaricioso entre bombones de foie y piruletas de wasabi.

Junto a ella, en lo de la tienda, esa tribu inexplicable de blogueros de moda, a los que uno les gustaría aplicar la terapia de Bardem en No es país para viejos, antes de que salgan despavoridos jurando por la it girl de moda o la madre que la parió. Esos nombres imposibles que escucho en todos lados sin haber demostrado jamás nada más allá de combinar cuatro colores o distinguir un tejido natural de uno sintético. Que cojones.

Una gran amiga que trabaja en esto de la moda se vuelve loca si la mujer de Bustamante lleva una camisa suya. Y seguro que lo hace llena de razón. Del mismo modo imagino que  habrá gente a la puerta de su casa esperando que la siempre educada y angustiosamente perfecta Paula le dedique un minuto de su cuerpo para expandir el negocio. De traca.

De vuelta a casa, un tipo interrumpe el silencio del vagón jurando que ha sido autónomo dieciocho años, que le aterra pedir a gritos, y que lo hace porque no ha querido dejar en la estacada a ocho familias tras la quiebra de su negocio de reformas industriales. El pobre hombre, al que la parroquia escruta su vestimenta no muy diferente a la de cualquiera de los que observamos, nos acerca a esa crisis del vecino de al lado con jersey de marca y zapatos de cordones, de sueños acabados que terminan en un cercanías, de negocios rimbombantes que fueron y que hablan de alicatar baños, cambiar mamparas o atornillar proyectos vitales a cambio de unos euros de perdedor.

Pienso en esta dinámica de ganadores y vencidos; desde el sonido que interrumpe el discurso de este hombre aseado hasta la princesa amarrada a un zapato sonriendo; este teatrillo de luces y sombras que dibuja fronteras tan difusas y acojonantes. Rápidas como tres paradas de Renfe, como el correr hasta el siguiente vagón para repetir una historia increíble.

En el periódico leo como Sara Montiel recordaba haber conseguido su sueño de infancia de haber llegado a ser muy famosa; cómo Margaret Thatcher no volvió la vista hacia sus hijos el día que corriendo tras el coche se intentaban acercar a la que sería la siguiente ocupante de Downing Street. Como si en ese camino no hubiese nada entre medias.

Pienso en que tras cada voluntad obstinada hay un principio de patología, de afecto malentendido, de capricho iniciático imposible de soslayar, de pequeña ventana a la soledad y la tristeza. Pienso en ganar y en perder, en los autónomos atrevidos y las actrices que no comen canapés por la línea. En que nadie pueda ir en Cercanías a una fiesta de Armani y en toda esa gente que le suda los cojones la calle Serrano porque están inventando el discurso de mañana. Como si fuesen Saritísima o la Dama de Hierro. Pero sin focos.

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