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Encuentro por casualidad, en la Noche Temática de la 2, un marciano reportaje sobre Juliette Binoche. Adoro a esta actriz francesa desde que me hiciera descubrir ese otro tipo de cine con Azul. No podré olvidar jamás la imborrable sensación de ese ritmo sosegado en el rodar y esa inigualable banda sonora adornando la metafísica del genio polaco Kieslowsky. Ese dolor intenso y esa mirada perdida dentro de una piscina infinita. Como una bofetada en el corazón, un latigazo de verdad.

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El programa gira en torno a la naturaleza creativa y ligado íntimamente a él sobre la personalidad de la antidiva francesa. Con un plano fijo a su cara lavada, ojerosa y sin artificio alguno, Binoche se desnuda metafísicamente explicando su modo de abordar la interpretación, repasando los complejos y a la vez sencillos procesos vividos con cada uno de los directores de su carrera. Lo hace desde retratos a carboncillo de cada uno de ellos, que tratan a modo de cincel  de dibujar la personalidad de los mismos, de conformar como plastilina maleable la suya propia. Es emocionante y pasmoso descubrir en un programa de televisión esta intención tan genuina e intensa de hablar de algo que a la mayoría de la gente no deja de parecerle pedante, forzado o simplemente intragable.

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A mí me coge del estómago y me deja ante la pantalla la hora completa. Prefiero no pensar por qué, pero vuelvo a moverme entre la envidia y el pasmo. La protagonista de El Paciente Inglés intercala a la vez números de baile que intentan completar la cascada de sentimientos que explica tras cada uno de los dibujos. Imagino una audiencia infinita y un buen vaso de whisky para sobrellevarlo y sin embargo no puedo dejar de escuchar. Tiene el reportaje, como ya alguna vez dije, ese admirable elemento francés de hablar de manifestaciones culturales o intelectuales sin complejo, sin caer en la astracanada o en la ironía para intentar restarle fuerza o alejarlo del compromiso de quien lo ve. Habla de lo que habla y lo hace a tumba abierta. Para raros.

Veo sus ojos curiosos, alocados, tristes cuando habla del temperamento discursivo de Techiné, el maravilloso director de esa otra joya del mismo tiempo que es Los Juncos Salvajes, la emoción al borde del llanto al tratar de explicar la intención de despojarse, de anularse para el personaje de Los Amantes du Pont Neuf de Carax. Como una caída libre hacia la mera experimentación, hacía los límites de ella misma. Y me vuelve a conmover, a reducir las tripas.

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Pienso en la naturaleza de lo raro, de lo marginal. En la incomprensión de lo diferente y en el supremo valor de que exista en una cultura de pilares racionales y objetivados. En la maravillosa necesidad del arte y de los artistas. En la absoluta obligación de su defensa cuando son ciertos, cuando esa frontera entre la locura y la creación es tan fina que en momentos excelsos nos regala  preguntas para la vida. Preguntas de verdad.

Por el reportaje pasan en blanco y negro bocetos de Haneke, Kiarostami, Godard, Guitai,Minguella. Historias de hombres excepcionales de morfologías complejas, esculpidores del alma de  esta mujer con manos de panadera y mirada kilométrica que es capaz de explicar todo con palabras, dibujos y un mero gesto. De esta alocada y valiente intérprete, perfecta para regalarnos verdad sin red ni artificios. Tan marciana como necesaria hoy en día.

PD: Me molesta, pero no tengo ni puñetera idea, de donde ni como, podré recuperar el reportaje para guardarlo siempre.

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Acabo de ver en el cine la última de Trueba, “El artista y la modelo” y reconozco que he salido hechizado. Rodada en francés y en blanco y negro, la peli es posiblemente la más personal del director de Opera Prima. Sin embargo ha sido su “tempo” lo que me ha hecho recordar mi adoración por esas pelis “lentas” que a algunos exasperan y a otros nos enganchan en la butaca devolviéndonos casi, a otra realidad. Esas que me han generado las emociones más intensas en una sala sin luces.

Creo que el cine es un juego formal en el que la decisión de con que ritmo se narra una historia, constituye el mayor acercamiento artístico por parte de su autor. El tiempo se cuenta desde la elección de cada plano, desde su duración, desde el modo en que se mueve la cámara,  desde la forma en que el montaje se cierra, desde la banda sonora que envuelve las escenas. Y a mí ese tiempo me gusta lento.

En la nómina de pelis y directores que siguen ese camino hay nombres que algunos de solo contarlos les invitan a no pagar la entrada y que en mi caso se encuentran en el altar de lo irreconocible, en mi baúl de secretos poco confesables

Sofía Coppola hacía un maravilloso ejercicio de peli lenta, de planos secuencia interminables y enfoques aparentemente sin contenido, en la preciosista y lírica “Las vírgenes suicidas”. Más tarde, sin remilgo alguno, era capaz de mostrar, durante casi dos minutos, la delicada dedicación de un grupo de mujeres japonesas con sus bonsais, en esa peli, biblia del rodar despacio, que es la increíble “Lost in Translation”.

Kristoph Kieslowsky, rodaba y escuchaba lento a Juliette Binoche en “Azul”, mientras la protagonista se recuperaba de la muerte de su hija y su marido. Y el juez y la modelo de” Rojo”, la tercera parte de la trilogía, se miraban y se querían como si tuvieran toda la eternidad para hacerlo, como si no estuviésemos escrutándolos en solo hora y media.

En la primera,  la pantalla se volvía azul en momentos y solo escuchábamos la insuperable banda sonora de Zbigniew Preisner, y así, ocurría por minutos; únicamente imagen y música,  más los sentidos; incluso en cada una de las películas, existía una escena en que una mujer intentaba introducir una botella en un contenedor de basuras que es todo un ejercicio de paciencia para el espectador. Y realmente aquello no se podía contar más deprisa o de otra manera.

Hay auténticos maestros de los planos infinitos y las secuencias en las que el espectador espera y espera hasta entender el sentido de la escena, y que solamente comprendemos cuando la obra deja un poso final, una sensación de haber jugado con nosotros hasta el desenlace para dejarnos con la boca abierta. Así ocurre en la obra maestra de Dreyer, “Ordet” donde uno se siente tan hechizado, que no acaba de comprender hasta el cierre,  por qué se preguntó tantas veces que ocurría realmente en esa película. O en el “Cuento de Otoño” de Rohmer donde los quince primeros minutos, la pantalla se llena de imágenes del campo en su esplendor sin que ocurra nada.

¿Alguien piensa que ese recurso no es de un estilismo formal buscado? ¿Que todo lo que con posterioridad se desencadena, no tiene que ver con ese comienzo pesado?

Algunos autores actuales manejan el recurso de modo magistral y han hecho  de ese tempo cadencioso su sello de identidad. Alexander Payne cuenta muy despacio “Entre Copas” y en ella parece que nada sucede hasta que fuera de la sala paladeamos que han ocurrido muchas , muchas cosas. En “Los descendientes” su última y genial película, observamos la isla de Hawai como en un ejercicio de postal para marcar el tiempo lento y asfixiante de la búsqueda desesperada y desasosegante del cornudo Clooney.

Clooney y compañía en “Los descendientes”

¿Alguien se imagina esa peli contada al ritmo de “Pulp Fiction” o de “Transpotting”?.

Cierto es, que en estos ejercicios estilísticos, en ocasiones tropezamos con auténticos sopores trufados de autocomplacencia u onanismos forzados. Rohmer tiene varios ejemplos en los que quedarse dormido como “El Rayo verde” o “Pauline en la playa”, o el muy pedante Angelopoulos que conseguía anestesiar salas completas con cosas como “La Mirada de Ulises”. O Terence Malick es más que aburrido en “La delgada línea roja” o en su celebrada “El árbol de la vida”

Pese a ello, yo admiro siempre esa apuesta por el cine contado de un modo tan opuesto a la rapidez de nuestra vida cotidiana, al impulso vertiginoso de los acontecimientos, a las mil formas de comunicación y de recibir información de este mundo hiperconectado en red; el mismo donde el paladeo es algo tabú y la inmediatez es norma.

Al fin y al cabo el cine se inventó para hacernos soñar y los sueños nunca tienen el tiempo de lo que nos ocurre

Mis adorados Belle&Sebastian cantaban y cantan despacio y a Eric Clapton siempre le llamaron mano lenta; así que lo digo muy alto.

“A mí  esto me gusta lento”

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