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Posts Tagged ‘Pulp Fiction’

Acabo de ver en el cine la última de Trueba, “El artista y la modelo” y reconozco que he salido hechizado. Rodada en francés y en blanco y negro, la peli es posiblemente la más personal del director de Opera Prima. Sin embargo ha sido su “tempo” lo que me ha hecho recordar mi adoración por esas pelis “lentas” que a algunos exasperan y a otros nos enganchan en la butaca devolviéndonos casi, a otra realidad. Esas que me han generado las emociones más intensas en una sala sin luces.

Creo que el cine es un juego formal en el que la decisión de con que ritmo se narra una historia, constituye el mayor acercamiento artístico por parte de su autor. El tiempo se cuenta desde la elección de cada plano, desde su duración, desde el modo en que se mueve la cámara,  desde la forma en que el montaje se cierra, desde la banda sonora que envuelve las escenas. Y a mí ese tiempo me gusta lento.

En la nómina de pelis y directores que siguen ese camino hay nombres que algunos de solo contarlos les invitan a no pagar la entrada y que en mi caso se encuentran en el altar de lo irreconocible, en mi baúl de secretos poco confesables

Sofía Coppola hacía un maravilloso ejercicio de peli lenta, de planos secuencia interminables y enfoques aparentemente sin contenido, en la preciosista y lírica “Las vírgenes suicidas”. Más tarde, sin remilgo alguno, era capaz de mostrar, durante casi dos minutos, la delicada dedicación de un grupo de mujeres japonesas con sus bonsais, en esa peli, biblia del rodar despacio, que es la increíble “Lost in Translation”.

Kristoph Kieslowsky, rodaba y escuchaba lento a Juliette Binoche en “Azul”, mientras la protagonista se recuperaba de la muerte de su hija y su marido. Y el juez y la modelo de” Rojo”, la tercera parte de la trilogía, se miraban y se querían como si tuvieran toda la eternidad para hacerlo, como si no estuviésemos escrutándolos en solo hora y media.

En la primera,  la pantalla se volvía azul en momentos y solo escuchábamos la insuperable banda sonora de Zbigniew Preisner, y así, ocurría por minutos; únicamente imagen y música,  más los sentidos; incluso en cada una de las películas, existía una escena en que una mujer intentaba introducir una botella en un contenedor de basuras que es todo un ejercicio de paciencia para el espectador. Y realmente aquello no se podía contar más deprisa o de otra manera.

Hay auténticos maestros de los planos infinitos y las secuencias en las que el espectador espera y espera hasta entender el sentido de la escena, y que solamente comprendemos cuando la obra deja un poso final, una sensación de haber jugado con nosotros hasta el desenlace para dejarnos con la boca abierta. Así ocurre en la obra maestra de Dreyer, “Ordet” donde uno se siente tan hechizado, que no acaba de comprender hasta el cierre,  por qué se preguntó tantas veces que ocurría realmente en esa película. O en el “Cuento de Otoño” de Rohmer donde los quince primeros minutos, la pantalla se llena de imágenes del campo en su esplendor sin que ocurra nada.

¿Alguien piensa que ese recurso no es de un estilismo formal buscado? ¿Que todo lo que con posterioridad se desencadena, no tiene que ver con ese comienzo pesado?

Algunos autores actuales manejan el recurso de modo magistral y han hecho  de ese tempo cadencioso su sello de identidad. Alexander Payne cuenta muy despacio “Entre Copas” y en ella parece que nada sucede hasta que fuera de la sala paladeamos que han ocurrido muchas , muchas cosas. En “Los descendientes” su última y genial película, observamos la isla de Hawai como en un ejercicio de postal para marcar el tiempo lento y asfixiante de la búsqueda desesperada y desasosegante del cornudo Clooney.

Clooney y compañía en “Los descendientes”

¿Alguien se imagina esa peli contada al ritmo de “Pulp Fiction” o de “Transpotting”?.

Cierto es, que en estos ejercicios estilísticos, en ocasiones tropezamos con auténticos sopores trufados de autocomplacencia u onanismos forzados. Rohmer tiene varios ejemplos en los que quedarse dormido como “El Rayo verde” o “Pauline en la playa”, o el muy pedante Angelopoulos que conseguía anestesiar salas completas con cosas como “La Mirada de Ulises”. O Terence Malick es más que aburrido en “La delgada línea roja” o en su celebrada “El árbol de la vida”

Pese a ello, yo admiro siempre esa apuesta por el cine contado de un modo tan opuesto a la rapidez de nuestra vida cotidiana, al impulso vertiginoso de los acontecimientos, a las mil formas de comunicación y de recibir información de este mundo hiperconectado en red; el mismo donde el paladeo es algo tabú y la inmediatez es norma.

Al fin y al cabo el cine se inventó para hacernos soñar y los sueños nunca tienen el tiempo de lo que nos ocurre

Mis adorados Belle&Sebastian cantaban y cantan despacio y a Eric Clapton siempre le llamaron mano lenta; así que lo digo muy alto.

“A mí  esto me gusta lento”

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La máxima de “segundas partes nunca fueron buenas”, se cumple en bastante medida en el mundo del cine. Con honrosas excepciones (El Padrino II es  para muchos superior a su antecesora, el Imperio Contrataca lo es a La Guerra de las Galaxias), los remakes, continuaciones, secuelas, revisiones etc suelen dejar normalmente un regusto de deja vu falto de originalidad, de planteamientos repetidos, de pérdida de frescura.

Similar es el caso del segundo visionado de una película. Cuantas veces hemos vivido aquello de ver con alguien por segunda vez y por recomendación propia ese título que nos hizo reír o llorar, o sentir muy fuerte? Y cuantas veces la sensación no ha sido la misma, la expectación no se ha visto satisfecha ni para uno mismo ni muchas veces para quien nos acompaña?

Este fin de semana, experimenté la sensación contraria. Reconozco que soy de fobias poco explicables cuando de cine se habla. No soporto Pulp Fiction (confieso que porque no entendí el giro clave de la película-me lo explicó mi hermano), detesto American Beauty, me parece la peli más previsible y manida de la historia, aborrezco Abre los Ojos y Los Otros, casi todo Almodovar, El laberinto del Fauno, incluso me dormí viendo Ciudadano Kane y su pretencioso planteamiento. En esa lista, por la que muchos de mis amigos me crucificarían, tenía hasta el fin de semana otra fobia confesable que me separaba del resto de la Humanidad. La vida es Bella.

La primera vez que la vi, no soporté el numerito de circo de los treinta primeros minutos del Benigni feliz, su colorista enamoramiento, su chirriante buen rollo, su personaje de clon mediterráneo y bufón. Me pareció además que el guión se partía radicalmente en el momento de la detención y el traslado al campo de concentración y no volví a cogerla el pulso, a sentirla, a emocionarme sin más. Como de equivocado estaba!!!, pensé este domingo. La peli llevaba veinte minutos cuando me enganché, tirado en un sillón tras una comida ovípara. Mi primer pensamiento fue así. En diez minutos estaré dormido. Pero me equivoqué

De repente descubrí el Benigni surrealista e ingenioso cercano al Woody Allen más kafkiano (genial el diálogo con el hijo en el que tras leer el cartel en una tienda que prohíben el paso a Perros y Judios, le promete que ellos harán lo mismo con cerdos y visigodos), el inventor de ese descacharrante concurso para ganar un tanque, incomprensible a los ojos del niño, el maravilloso traductor de la llegada al campo,  el inventor de excusas imposibles con tal de proteger la mirada inocente de su hijo, el  piropeador constante de su “principesa” inalcanzable.

He de reconocer que había olvidado de tal manera la película que ni siquiera recordaba que Benigni moría justo antes de la llegada de los tanques aliados al campo. Que insensible diréis. Con toda la razón.

La cuestión es que al final tuve la sensación de lo cercana que estaba La vida es bella con una de mis filias confesables, la Big Fish de Tim Burton. Esos contadores de historias maravillosos, Benigni y Finney empeñados en hacer la vida de colores a aquellos que aman, esa luz alocada de los tocados por el ingenio, de los que no ven obstáculos ni en los peores momentos, esa capacidad de trasladar aquello para lo que el cine existe, hacernos soñar.

Así que he de decir que me alegro mucho de haber visto por segunda vez “La Vida es Bella”. Me evitará parecer repugnante a los ojos de muchos

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